Libro: La Teología Política de Calvino. Marta García Alonso
Muchas son las tesis que se ocupan del pensamiento calviniano y el calvinismo en torno a la política, algunas de ellas se dirigen hacia el calvinismo como una semilla de la democracia moderna (Kingdon, McNeill, Doumergue, Mercier), otros lo ven como un originador, en su defecto, enriquecedor, de un sistema constitucionalista (Rey Martínez) o el Republicanismo (Rivera). Ya Walzer en su Revolución de los Santos ha manifestado su interés por ese calvinismo que según él, originaria las primeras muestras de políticas radicales en la Europa moderna. Por su parte, Dooyeweerd, Runner, Kuyper, Van Tl, entre otros, ven en Calvino y el calvinismo, el origen de la aplicación de “la soberanía de las esferas” y la separación, en su forma más bíblica, del Estado y la Iglesia como poderes soberanos diferentes e interdependientes.
La relación protestantismo-modernidad, específicamente, calvinismo-modernidad, es un hecho que causa en muchos de nosotros interés y admiración. Es decir, las interrogantes, ¿en qué colaboró el protestantismo, el calvinismo, a la construcción de una sociedad moderna? ¿hasta qué punto podemos considerarlo como raíz o consecuencia, como colaborador y originador?, son cuestiones que hemos de plantearnos para satisfacer esta necesidad de conocer, de manera adecuada, la relación citada.
Y es la interrogante que Marta García Alonso, en “La Teología Política de Calvino” se propone a responder revisando el pensamiento calviniano en torno a la Política, el gobierno y las leyes que han de dar forma a éste. Un gran libro, una joya, donde García Alonso no sólo se limita a abordar a Calvino como pensador y ponente, sino como receptor y examinador de diferentes concepciones a las que se enfrentó a lo largo de su formación y de su vida; es decir, deja ver al Calvino electivista a la hora de elaborar una teología política.
La democracia radical. Dooyeweerd
Los comentadores modernos de la democracia son dados a contrastar el liberalismo con la democracia. El liberalismo, argumentan, está basado en el principio de la libertad; la democracia, en contraste, está basada en el principio de la igualdad. Cuando combatieron a su adversario común —a saber, los remanentes del feudalismo— el contraste entre estos dos principios básicos todavía no estaba claro. Como resultado, la Revolución francesa fue peleada bajo el eslogan de la libertad, la igualdad y la fraternidad.
Pero esta aproximación ciertamente está basada en un malentendido. Es un error causado por una falta de compenetración en el significado humanista clásico de los conceptos de libertad e igualdad. De seguro, existe un contraste fundamental entre liberalismo y democracia radical. El liberalismo aboga por una democracia moderada temperada por instituciones representativas, un equilibrio entre el poder monárquico del gobernante y el poder legislativo de la asamblea o parlamento, y la independencia de lo judicial para garantizar los derechos privados de libertad del ciudadano individual.
La democracia radical no podía aceptar ni el sistema representativo ni la idea liberal de separar y equilibrar los poderes políticos. No obstante, en tanto que la democracia radical descansara sobre su base humanista clásica, también estaba impulsada, de una manera incluso más fundamental, por el motivo humanista de la libertad. Rousseau, el apóstol de la democracia radical, fue también el vocero del ideal humanista de la libertad. Fue el primer pensador en atribuir primacía religiosa al motivo humanista de la libertad, por encima del motivo humanista de la naturaleza. Para él la autonomía, la autodeterminación de la personalidad humana, fue el más alto bien religioso que sobrepasaba con mucho el ideal clásico de la ciencia de controlar los fenómenos naturales a través de los métodos de investigación científicos naturales de la mente. En la idea radicalmente democrática del Estado de Rousseau, la igualdad de los ciudadanos constituía una aplicación radical del principio humanista de la libertad en la estructuración del Estado.
Calvino y los libros
Uno de los «medios» de los cuales disponía la Reforma en el siglo XVI era la imprenta. Un medio el cual Calvino y los reformadores ginebrinos y franceses no tardaron en utilizar para la difusión del Evangelio en sus respectivos países. Denis Crouzet al tratar de aquella «obsesión» de Calvino por la Gloria de Dios, ha concretado diferentes medios por los cuales Calvino buscaba que la «nueva humanidad» redimida, llegase a conocer lo que de Dios era para ellos. Así, encontramos en la obra de Crouzet el desarrollo de tres aspectos esenciales en la labor reformadora de Calvino; primero, la imprenta y los libros, cuya finalidad era la de instruir al pueblo en la sana doctrina mediante tratados y escritos que orientaran en la lectura de las Escrituras; después, el envío de cartas, un completo epistolario por medio del cual Calvino trataba de instruir a la nobleza y al pueblo de Europa, de animarles y aconsejarles en sus asuntos personales, eclesiales o comunitarios; y, por último, el envío de pastores capacitados hacia las recién nacidas iglesias, es decir, un trabajo misionero. Es mi intención en la presente entrada hacer énfasis en el primer medio, es decir, la imprenta y los libros.
El Reformador- señala Crouzet- “convierte a Ginebra en un centro de la industria del libro europea, sobre todo a partir de 1550. Pero ya mucho antes son perceptibles indicios de difusión de la heterodoxia ginebrina: las listas de libros censurados por la Sorbona, publicadas en 1542, 1544, 1547, 1551, revelan que circulaban obras como La Institución […], Le Catéchisme de l’Église de Geneve: c’est à dire le formulaire d’instruire les enfans en la Chrestienté, el Petit Traicté de la Sainte Cène de nostre Seigneur Jésus Christ, La Forme des prières et chantz ecclésiastiques avec la maniere d’administrer les Sacremens et consacrer le mariage, selon la coustume de l’Église ancienne. De forma clandestina, mediante una red de vendedores ambulantes y de buhoneros , que se desplazan de ciudad en ciudad y que no vacilaban en recorrer también la campiña, mediante predicadores itinerantes, como Philibert Hamelin, las obras se distribuyen más tarde por Francia, Países Bajos, Piamonte…Entre 1550 y 1560 se establecen en Ginebra numerosas librerías e impresores, y desde 1551 a 1564 se imprimen más de quinientos libros, de los que ciento setenta son títulos de Calvino. La mayor parte tienen el objetivo de ser exportados a la tierra de misión que es en ese momento el reino de Francia. Puede pensarse que el éxito del calvinismo fue, en gran medida, tributario del esfuerzo llevado a cabo por la industria del libro ginebrina.
Calvino, El exilio en Estrasburgo, Sugel Michelén
Al salir de Ginebra los dos predicadores (Farel y Calvino) se dirigieron a la ciudad de Berna, la cual envió una delegación a Ginebra para tratar de resolver el asunto, pero las discusiones no llegaron a nada, por lo que Calvino y Farel decidieron tomar el rumbo hacia Basilea, a unos 200 km de allí, a la cual arribaron a fines de mayo de 1538. En una carta que Calvino envió a un amigo le daba a conocer lo difícil que fue aquel viaje: “Por fin hemos llegado a Basilea, pero empapados de lluvia, desechos y cansados; y nuestro viaje no ha estado exento de peligros, pues uno de nosotros casi fue arrastrado por la corriente al atravesar un río; sin embargo no podemos decir que los torbellinos del río nos han tratado con menos impetuosidad que nuestros feligreses.” (21)
Calvino y Farel, como eran solteros, acordaron vivir juntos. Pero muy pronto Farel recibió una invitación de urgencia para ir a la ciudad de Neuchatel que había aceptado la reforma. Calvino por su parte, habiéndose quedado solo en Basilea, fue invitado por algunos pastores de Estrasburgo a que aceptara el pastorado de una iglesia de refugiados franceses; pero Calvino estaba renuente a hacer pastor otra vez. Sin embargo, a principios de septiembre de ese mismo año recibió una carta de Martín Bucero quien, imitando a Farel, lo amenazó por su renuencia diciéndole: “Dios sabrá cómo encontrar al siervo rebelde, como encontró a Jonás.”
Liberté, egalié, fraternité.
Ayer, 14 de Julio, se celebró el día de la toma de la Bastilla, hecho que inició, según la historia, el movimiento revolucionario que daría origen a la oposición y desquebrajo del antiguo Régimen Monárquico en Francia y Europa (Ancien Régime). Mucho se ha especulado del momento en que acabó dicha Revolución, algunos la sitúan , y es la noción más aceptada, hasta que Napoleón toma el poder en 1799, otros, los más enamorados de la misma, sitúan su fin a finales del siglo XIX, ya que es hasta éstas fechas que el “espíritu de la revolución” permaneció en pie de lucha. A la vez, este movimiento ha cautivado a muchos a través de la historia, ya que ven en ella un acto de entera conversión a un mundo nuevo, lleno de esperanza.
No es mi intención hacer una reseña histórica de la misma, ya que sería un trabajo muy extenso, pero si es mi intención evaluar los motivos que dieron origen a dicha Revolución y examinarlos para poder entender por qué la Revolución Francesa fue la cima de la presunta autonomía humana (rebeldía) con respecto a Dios.
La Revolución Francesa terminó, como revolución, hasta que Napoleón Bonaparte toma el poder en 1799, pero la influencia de la misma se extendió por toda Europa hasta bien entrada la segunda mitad del siglo XIX, y aún, podríamos afirmar, en la Revolución Bolchevique de 1917. Por otro lado, Henry Kissinger, acertadamente, apunta que la Revolución Francesa no provocó un cambio en el sistema internacional, sino que el cambio del sistema provocó la Revolución Francesa. Es decir, la toma de la Bastilla, la muerte de Luis VI y Maria Antonieta, El Terror de Robespierre no dieron origen a un espíritu liberal y ateo que caracterizó el movimiento, sino que fue este espíritu, el que dio origen a la Revolución[1].