La palabra “Canon”

noviembre 16, 2008 § Deja un comentario

 

canonLa palabra “canon”

¿A qué nos referimos cuando hablamos de un canon?  Bruce aclara el término al principio de esta obra refiriéndose al mismo como “la lista de libros contenidos en la Escritura…dignos de ser incluidos de los escritos sagrados”.

Del griego kañón que significa una caña recta que se utiliza como regla, que puede ser dividida en unidades de longitud, la palabra canon,  da el sentido de una lista o serie. Nos dice también, que tal vez haya sido Atanasio, Obispo de Alejandría, quien utilizó el término en este sentido por primera vez en el 367 d.C.

Antes de que se utilizara en el sentido de una lista, la palabra canon se utilizó para hacer referencia a “la regla de fe” o  “regla de verdad”, es decir, todo escrito o doctrina se examinaba a la luz de las enseñanzas de los apóstoles; cuando quedaron confirmados los límites de la Escritura, se comenzó a tener a la misma como la regla de fe.  Tomás de Aquino nos dice que sólo la Escritura canónica es la regla de fe. Asimismo la Confesión de Fe de Westminster, después de enunciar los libros de la Escritura, nos dice: los cuales son proporcionados por la inspiración Dios para ser la regla de fe y conducta.

Bruce utilizará en su obra el primer sentido de la palabra, es decir, se referirá al canon como  “la lista de libros que se reconocen como regla de fe y conducta”, debido a que esa será la temática del libro, esto es ¿cómo se formó el canon?

 

El pueblo del libro

Los pueblos judío y cristiano y en menor medida el musulmán, han sido conocidos siempre como “el pueblo del libro” debido a que “la conformidad a lo que el libro prescribe es la principal prueba de lealtad a su fe y practicas religiosas”

Para los judíos el libro es la Biblia Hebrea que se compone de la Ley (Torah), los Profetas (Nbiim) y los Escritos (Ktubim), esto es la TeNaKh. Para el pueblo cristiano es la Biblia que contiene el Antiguo y el Nuevo Testamento, mientras que para los musulmanes son estos últimos más el Corán.

 

Los dos Testamentos

Bruce, por supuesto, examinará la Biblia cristiana, que como se mencionó comprende el Antiguo y el Nuevo Testamento. Pero ¿qué entendemos por testamento? La palabra latina testamentum nos arroja el sentido de le última voluntad de una persona, pero este no es el sentido que buscamos, sino el siguiente, eso es, el de un pacto o acuerdo entre dos partes. En sentido de la Escritura podemos entender que es el pacto de Dios con los hombres (por su puesto el hombre es el favorecido y el pacto no se da entre iguales, sino denota la idea de conceder beneficios a alguien inferior)

El antiguo pacto consistía en algo simple: Yo seré vuestro Dios y vosotros seréis mi pueblo. Yahvéh, nos dice Bruce, se comprometió a proveerles y cuidarles y ellos se comprometían a adorarle y servirle. Quedando esto registrado en “el libro del pacto” (Éxodo 24:4-8).  Este antiguo pacto reveló la voluntad de Dios pero no les dio el poder (al pueblo) para llevarla a cabo. Por eso Dios promete un nuevo pacto por la boca del profeta Jeremías: “Daré mi ley en su mente,  y la escribiré en su corazón;  y yo seré a ellos por Dios,  y ellos me serán por pueblo.” (Jeremías  31:33), la cual cumple en el tiempo en el que el Cordero se da como ofrenda dando por viejo al primer pacto (Hebreos 8:13).

Jesús declara a sus discípulos que su sangre es la sangre de un nuevo pacto (Marcos 14:24); al igual, por medio de su Apóstol Pablo lo declara a los Corintios diciendo: esta copa es el nuevo pacto en mi sangre (1 Corintios 11:25).

Antes de continuar la visión de los testamentos (pactos) Bruce, en uno de sus pies de página, nos da un dato histórico que tal vez muchos desconozcan, esto es, que los escritos de Pablo son más viejos que el relato de Marcos, los primeros datan del 55 d.C. mientras el segundo del 65 a.C., recordemos que el orden que tenemos en nuestras Biblias no es cronológico, sino temático.

Acerca de los pactos, Bruce nos dice que éstos generaron un cuerpo especial de literatura, que después se conocieron como “los libros del antiguo pacto” y “los libros del nuevo pacto”, donde la primera colección se genera en un periodo de de un poco más de mil años, mientras que la segunda en menos de un siglo. Es hasta finales del siglo II que se les empieza a describir (a las colecciones) como Un Nuevo Pacto (Testamento) y un Antiguo Pacto (Testamento). Bruce apoya su argumento en el testimonio de los escritos de Clemente de Alejandría y Tertuliano de Cartago.

 

Un canon cerrado

Todos conocemos que nos enfrentamos a un canon cerrado, en donde nada puede ser añadido. Bruce nos dice que en los dos Testamentos encontramos palabras que sellan por completo el canon tales como las de Deuteronomio (Léase 4:2) y las de Apocalipsis (Léase 22:18-19).

En la Didajé encontramos esta misma afirmación de la siguiente manera: No dejarás de cumplir los mandamientos del Señor, sino que guardarás las cosas que has recibido, “sin añadir ni quitar”

También Josefo, el gran historiador, refiriéndose a las Escrituras hebreas nos dice: Aunque ya haya pasado tiempo, nadie debe atreverse a añadirles nada, ni a quitarles nada ni a cambiar nada de ellas.

 

Reconocimiento Litúrgico

Hay que rescatar de este punto el cómo se respeta a la Escritura en diferentes lugares del culto a Dios, en particular en cómo se hace en algunas Iglesias de carácter reformado cuando la Escritura es trasladada al púlpito seguida de cerca por el ministro (siervo) de la Palabra donde antes de leer la porción tocante al culto se hace la exhortación: “Escuchemos la Palabra de Dios”.

Es  debido a su contenido, a su mensaje, ya sea que consideremos el Evangelio o la Biblia como tal, de donde proviene este valor, que da lugar a una parte de la liturgia dentro de las congregaciones. 

Así termina la primera parte y por lo tanto el primer capítulo de esta obra llena de erudición que Bruce nos otorga. 

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Calvino y la música

julio 14, 2008 § 3 comentarios

 

janvier09Algunos han llamado a Calvino el teólogo cultural, debido a que su visión acerca de la cultura y su relación con la Palabra fue sui generis separándose de las concepciones tomistas y dando las bases para la Reforma de la vida total. Si bien Calvino consideraba la música como el arte principal adaptable a la adoración, también se percataba del gran poder que ésta poseía para llevar al hombre a un estado de éxtasis. Calvino no condenaba la música “secular”, siempre y cuando ésta no degradara las buenas costumbres. Acerca de los cánticos en latín, Calvino argumenta que era un instrumento romanista para la distracción del pueblo, por ello Doumergue nos dice que la introducción de los Salmos en francés en la adoración ginebrina y francesa produjo una “transformación revolucionaria” en la cultura protestante, ya que muchos no conocían el canto congregacional hasta entonces. Las ideas de Calvino, señala Van Til, que pueden encontrarse en el prefacio del Salterio Ginebrino, hicieron el más grande impacto en la música sagrada del siglo y forman la quintaescencia de la estética musical de la Reforma. El siguiente extracto es tomado de la obra de Bernard Cottret, donde el autor ha encontrado esa relación entre la música y el canto congregacional, y el contexto de los franceses refugiados en Ginebra, en la expresión del Salmo 114 que, junto con el Salmo 68, el salmo “Protestante de la batalla”, se convirtió en uno de los Salmos más entonados por los calvinistas.

El Salterio de 1543: La Fortaleza Sitiada

“Cuando Israel fuera de Egipto salió”

Salmo 114(1)

Dejar Egipto, encaminarse a Tierra Santa: un doble itinerario, geográfico y religioso. Salir de Francia para instalarse en Ginebra. Para los contemporáneos de Calvino que entonan el Salmo, la alusión es evidente. Al itinerario terrestre se le añade un recorrido espiritual, acompasado por el salterio hugonote. La Reforma francesa es el salterio. Los primeros reformados ignoran la proliferación de los cánticos; se conformaban con cantar a voz en grito, con ritmos marciales cuidadosamente cadenciados, el amor de Dios para con su pueblo, el aplastamiento de los malos y la belleza del mundo. El canto de los salmos fue a la Reforma de lengua Francesa lo que la coral fue a la Reforma Alemana. La música participa íntimamente en la cultura calvinista. Consiste en cambiar, según una fórmula admirable, “la música de las esferas” para “el mundo inexplicable” donde reina como amo absoluto la “arbitrariedad de la gracia y la reprobación” (2)

El Salmo 100 se convirtió en un salmo emblemático de la Reforma en lengua francesa, y Rabelais lo cita al comienzo del Libro Cuarto de 1548-1552. ¿Insolencia de polemista o tendencia evangélica? Rabelais está en las antípodas de Calvino, y la profunda antipatía entre ambos estalla precisamente en esos años, llegando al límite con las diatribas de Calvino hacia ese “patán” que no desaprovecha la ocasión de ridiculizar las Sagradas Escrituras. (3)

Climent Marot o, posteriormente, Teodoro de Beza fueron los artífices de la traducción versificada de los salmos, que ocupan un libro entero de la Biblia. El salmo 6 se publicó con el Miroir de l´ âme pécheresse de Margarita de Navarra. En la edición de Estrasburgo de 1539 de Aucuns psaumes et cantiques mis en chant se observa perfectamente la utilización del canto sagrado en el culto. La obra reúne una parte de los salmos: el cántico de Simeón, los Diez Mandamientos y una confesión de fe. La Forme des Prières, publicado en Ginebra en 1542, añade nuevas traducciones de Marot, pero hasta 1543 no apareció Cinquante psaumes, que es un compendio específico. La traducción completa de los salmos con su acompañamiento musical no vio luz hasta 1562, dos años antes de la muerte de Calvino (4)

 (…) En lo más profundo de su ser, Calvino era plenamente consciente de la fuerza de la música. La temía y la saboreaba a la vez. Posee un ascendiente sobre las almas y los cuerpos que puede encadenarlos con sus maleficios o liberarlos con su belleza (6):

“Entre las otras cosas que sirven para solazar al hombre y darle voluptuosidad, la música es o bien la primera, o una de las principales (…) Pues apenas hay en este mundo nada que pueda cambiar o ablandar las costumbres de los hombres, como prudentemente considerara Platón. Y, de hecho, nosotros sentimos que tiene una virtud secreta y casi increíble que de alguna manera conmueve los corazones”

La música, con su poder engañoso, debía ponerse al servicio del texto y de la Palabra, ilustrarlos y no perjudicar su comprensión: “Toda mala palabra (…) cuando la música está con ella traspasa mucho más fuertemente el corazón y de tal manera dentro, que así como con embudo se mete el vino en la nave, de la misma manera el veneno y la corrupción son instalados hasta el fondo del corazón a través de la melodía” (7) La actitud reformadora frente a la música es profundamente ambivalente. ¿No es la música una “ciencia de proporciones”, susceptible de elevar el alma, que recuerda la armonía que preside la organización del universo? Pero con sus “poderes misteriosos”, ¿no corre el riesgo también de escapar al control de la razón? (8). ¿No conduce con igual facilidad a la superstición y al culto de lo único?

Calvino siempre habla de la música con emoción: “La canciones espirituales sólo pueden cantarse bien desde el corazón” (9). Manejada sin precaución, resulta ser un poder engañoso, una forma de ilusión; en definitiva, forma parte ya del ámbito imaginario contra el cual prevenían los clásicos. La música debe garantizar la inteligibilidad del texto y no desviar el sentido; por ejemplo, en la Reforma católica encontramos esa exigencia en la Palestrina (10). Según nos explica un especialista del siglo VXI, “Calvino analizaba la doble acción potencial de la música, destructora y creadora, a través de una sensibilidad en la que él percibía una peligrosa inestabilidad que pronto formaría parte de la psicología barroca” (11)

 

 

__________________

Cottret Bernard. Calvino. La fuerza y la fragilidad. Biografía. Editorial Complutense. Traducción: Mª Teresa Marín Sanz de Bremond. Madrid, 1995, p. p. 163-164.

(1)Claude Goudimel: Oeuvres complètes, IX, Les cent Cinquante psaumes -1564-1565, ed. De P. Pidoux, Societé suisse de musicologie, Basilea, 1967.

(2) Gisèle Venet : « Bible et musique sacrée en Angleterre au XIXe siècle » en La Bible dans le monde anglo-américain aux XVIIe et XVIIIe siècles, Université de París X, Nanterre, 1984.

(3) Obras completas, vol. 27.

(4) Véase É. Weber : La musique protestante de langue française, H. Champion, París, 1979. En la versión definitiva de 1562, el salterio hugonote incluyó los ciento cincuenta salmos, un tercio de ellos adaptados por Climent Marot, y los otros dos tercios restantes por Teodoro de Beza. Se añadirían también los Diez Mandamientos, el Cántico de Simeón- Nunc dimitis-, oraciones para antes y después de las comidas, la oración dominical, los artículos de fe y algunos cánticos raros. La armonización musical se confió a Claude Goudimel; se publicó entre 1564 y 1580.

(5) Obras completas, vol. 6.

(6) Ibíd.

(7) Ibíd.

( 8 ) M. Vignaux: “L´influence de la Réform sur la nature et la fonction de la musique dans la liturgie anglicane », en, Foi et Vie 91-1.

(9) Obras completas, vol. 6.

(I0) J. Samson : Palestrina ou la poésie de l´exactitude, Henn, Ginebra, 1950.

(11) Gisèle Venet : Op. Cit.

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