De fragmentos y anarquías.

28 de noviembre de 2016

Siempre he querido sostener cierto orden en mis lecturas. Un afán de sistematización que viene con toda seguridad de mi formación en el protestantismo, esa expresión del cristianismo que puede resumirse en una cosa: leer las Escrituras diariamente, libro por libro, capítulo por capítulo, hacer notas, cruces, aprender capítulos enteros, recitar páginas y páginas de memoria y, en la medida de lo posible, poner en práctica lo que se interioriza. Y hacerlo del Génesis al Apocalipsis una y otra vez, durante toda la vida.

Sin embargo, algo pasa con las lecturas más “mundanas” que son incontrolables. Paso de un autor a otro, de un género a otro, a veces sin terminar los libros. Un capítulo ahí y otro por allá. Todos pequeños fragmentos que van componiendo un amplio y diverso universo pero que, en el fondo, me dan una sensación de libertad y autonomía casi anarquista: poder leer lo que quiera, cuando quiera, donde quiera.

Lo mismo me pasa con los filmes, aunque en menor medida. Tal vez porque uno no puede dejar las películas a medio ver. Tal vez porque el cine, como dice el historiador Roman Gubern, es el arte que requiere del espectador la menor colaboración intelectual. Sin embargo, pasa. Ir de un director a otro, de una época a otra, me da esa misma sensación de libertad.

Ni hablar de la música, el peor de mis fracasos de ordenamiento. Toda mi colección se organiza por autor, género, año. Como mis libros por autor y mis películas por director. Pero me es imposible escucharla de manera ordenada.

He dejado ya de preocuparme y he comenzado a pensar que ese sentimiento de libertad en el caos sea tal vez lo que permita que el disfrute del arte sea aún mayor. Apropiarse de la literatura, del pensamiento, del cine, de la música por fragmentos, como lo hacia Benjamin, hacer de la expercincia una especie de montaje eisenstiano es tal vez la mejor manera de asimilarlo todo, de relacionarlo, de aprehenderlo. Al fin y al cabo, “lo que se necesita es la anarquía”, decía García Márquez.

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Ulfilas, obispo de los godos.

26 de septiembre

ULFILAS, OBISPO DE LOS GODOS. Recientemente he leído con asombro a Borges. La erudición del argentino es descomunal. Ya hace algunos años con El Aleph, Otras inquisiciones y Ficciones me había cautivado por ese español delirante, fantástico. Ahora reviso Borges Profesor. Curso de literatura inglesa en la Universidad de Buenos Aires, libro que Borges nunca escribió, por supuesto, sino que es producto del esfuerzo de Martín Arias y Martín Hadis por recuperar a través de la elaboración de una edición impresa las clases impartidas por el escritor en 1966. A la par leo también su Breve antología anglosajona y Literaturas Germánicas Medievales,el primero en coautoría con María Kodama, y el segundo con María Esther Vázquez. Ambos textos son indispensables para acompañar la primera parte del curso.

La segunda y tercera clase son sensacionales. Su disertación sobre el Beowolf  y los kennings es increíblemente bella, un trasladarse lentamente al pasado. Pero la pieza que ha detenido el tiempo, que se ha convertido en una de mis favoritas de todo Borges -a la altura de «El inmortal», «Deutsches Requiem» y «Los teólogos»- es su relato sobre Ulfilas (el obispo arriano de los godos que puso a salvo a su pueblo ante la persecución de Atanarico y que tradujo la Biblia al gótico), contenido en Letras Germánicas Medievales, del que transcribo el siguiente fragmento:

«La Biblia gótica es el monumento más antiguo de las lenguas germánicas. Ulfilas hubo de superar vastas dificultades; la Biblia, más que un libro, es una literatura; reproducir esa literatura, a veces compleja y abstrusa, en un dialecto de guerreros y de pastores es un trabajo que parecería,  a  priori, imposible. Ulfilas lo cumplió con decisión, a veces con agudeza. Prodigó, como es natural, barbarismos y neologismos; tuvo que civilizar el idioma. Su lectura nos reserva sorpresas. En el Evangelio de Marcos (VIII, 36) está escrito: “¿Qué aprovechará al hombre, si granjeare todo el mundo y perdiere su alma?” Ulfilas traduce mundo (cosmos, orden en el original) por bella casa. Siglos después, los anglosajones traducirían mundo por woruld (wereald, edad del hombre), que contrapone el tiempo humano a la infinita duración de la divinidad. Los conceptos de cosmos y de mundo eran harto abstractos para los sencillos germanos.

»Así, por obra de Ulfilas, remoto precursor de Wyclif y de Lutero, los visigodos fueron el primer pueblo de Europa que dispuso de una Biblia vernácula».

 

 

 

La vida de Guillermo Farel. Capítulo 2: Los días de que habló Pablo

farel21Después de habernos mostrado los dos cuadros históricos, Frances Bevan nombra a aquellos que, exaltando el nombre de Jesucisto, perecieron antes de la Reforma en Londres. Si, los Lolardos, que fueron atormentados por su fe y que reconocían sólo a Jesucristo como su salvador, que creyeron en la elección y que durante la tortura de sus cuerpos podían decir: “Jesús es mi amor. Él está conmigo ahora”.

Los Lolardos, así se les llamaba a lo “seguidores” de John Wyclif, fueron atormentados por sacerdotes, monjes y monjas que “eran colocados bajo la capa de piedad” pero que hacían obras tales que “ni se nombraria(n) entre los paganos”. Bevan nos dice que es necesario conocer un poco, pero sólo un poco de la maldad de estos hombres y mujeres, ya que tales crímenes son necesarios recordar, “solamente con una ojeada”.

Pablo, mediante sus cartas, advirtió a la Iglesia de la apostasía, de las persecuciones y padecimientos de los hijos de Dios ante un mundo religioso. De esos días, en donde los Lolardos eran perseguidos, después los reformados, los hugonotes, los puritanos, era de lo que hablaba el apóstol cuando les advertía a los primeros creyentes.

Pero antes de seguir con el relato hacia la vida de Farel y pasar al siguiente capítulo,  F.B. examina el hecho y llega a la conclusión de que todo hombre no regenerado por la soberana gracia de Dios tiende a estos atroces pecados, sea un protestante o un papista, si la gracia no ha tocado su corazón su vida es religión vana y putrefacta. Unos tienen Biblia, otros solo imágenes de madera, oro y plata, pero “no hay diferencia, por cuanto todos pecaron y están destituidos de la gloria de Dios”.

Así que con el relato de la vida de Farel, Bevan nos hará ver dos cosas: “nuestra maldad y la bondad de Dios; el negro, pervesro corazón del hombre, y el amoroso corazón de Dios-la ruina que el hombre ha causado, y el remedio que Dios ha hallado. Toda la vergüenza para el hombre, toda la gloria para Dios”

 

<<Capítulo 1: Dos cuadros    –   Capítulo 3: El niño sin Biblia>>