Coincidencias literarias

5 noviembre de 2016

Hoy en Bahía de Caráquez, en la costa de Ecuador, leí “El Laucha Benítez”, un hermoso cuento del argentino Ricardo Piglia en el que un chico de 17 años se halla ante la encrucijada de ser cantautor o boxeador. Decide la última profesión pero a lo largo de su vida nunca deja de entonar letras de amor y desamor como pasatiempo. Las baladas favoritas del personaje de Piglia eran nada más y nada menos que las de Julio Jaramillo, “El ruiseñor de América” y el más grande de los cantantes ecuatorianos. Hermosa coincidencia literaria la del viaje.

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De fragmentos y anarquías.

28 de noviembre de 2016

Siempre he querido sostener cierto orden en mis lecturas. Un afán de sistematización que viene con toda seguridad de mi formación en el protestantismo, esa expresión del cristianismo que puede resumirse en una cosa: leer las Escrituras diariamente, libro por libro, capítulo por capítulo, hacer notas, cruces, aprender capítulos enteros, recitar páginas y páginas de memoria y, en la medida de lo posible, poner en práctica lo que se interioriza. Y hacerlo del Génesis al Apocalipsis una y otra vez, durante toda la vida.

Sin embargo, algo pasa con las lecturas más “mundanas” que son incontrolables. Paso de un autor a otro, de un género a otro, a veces sin terminar los libros. Un capítulo ahí y otro por allá. Todos pequeños fragmentos que van componiendo un amplio y diverso universo pero que, en el fondo, me dan una sensación de libertad y autonomía casi anarquista: poder leer lo que quiera, cuando quiera, donde quiera.

Lo mismo me pasa con los filmes, aunque en menor medida. Tal vez porque uno no puede dejar las películas a medio ver. Tal vez porque el cine, como dice el historiador Roman Gubern, es el arte que requiere del espectador la menor colaboración intelectual. Sin embargo, pasa. Ir de un director a otro, de una época a otra, me da esa misma sensación de libertad.

Ni hablar de la música, el peor de mis fracasos de ordenamiento. Toda mi colección se organiza por autor, género, año. Como mis libros por autor y mis películas por director. Pero me es imposible escucharla de manera ordenada.

He dejado ya de preocuparme y he comenzado a pensar que ese sentimiento de libertad en el caos sea tal vez lo que permita que el disfrute del arte sea aún mayor. Apropiarse de la literatura, del pensamiento, del cine, de la música por fragmentos, como lo hacia Benjamin, hacer de la expercincia una especie de montaje eisenstiano es tal vez la mejor manera de asimilarlo todo, de relacionarlo, de aprehenderlo. Al fin y al cabo, “lo que se necesita es la anarquía”, decía García Márquez.

Hemingway & Gellhorn

27 de septiembre

HEMINGWAY & GELLHORN. En estos días conseguí varios textos de Hemingway en formato electrónico, pero lo más relevante del asunto es que la búsqueda me permitió descubrir como por accidente la excelente película de Philip Kaufman: Hemingway & Gellhorn, un filme basado en los años de matrimonio del escritor estadounidense y la periodista Martha Gellhorn, interpretada soberbiamente por Nicole Kidman.

Tal vez los mayores logros de la cinta sean dos: por un lado, la representación meticulosa del carácter de Hemingway y de Gellhorn que nos permite entender el fracaso de su vida conyugal -«We were good in war, but when there was no war we made our own. The battlefield neither of us could survive was domestic life» es una de las líneas mejor logradas y puede sintetizar en sí misma toda la obra-, pero sobre todo nos permite entender las pasiones irreprimibles que dieron forma a sus vidas; y por el otro, la recreación del momento histórico en el que se desenvuelven los personajes (la Guerra Civil española) y el contexto en el que Hemingway concibe el guión para el documental Tierra española y para uno de los mejores frutos de la literatura moderna: Por quién doblan las campanas.