Juan Calvino, Niñez y Juventud. Sugel Michelén

julio 7, 2009 § 1 comentario

JohnCalvinDifícilmente se puede exagerar el impacto de Juan Calvino en la Iglesia de Cristo desde la Reforma del siglo XVI hasta nuestros días. Como señala uno de sus biógrafos: “Calvino nació en el sitio adecuado y en el momento oportuno para dar de sí lo que podía dar. Era un hombre de reformas y nació y vivió en épocas de reformas… Un reformador en un siglo de reformas. Un reformador triunfante, puesto que su pensamiento y su acción han dejado una huella básica y profunda.” (1) Y Abraham Kuyper hace la siguiente observación en sus Exposiciones sobre el Calvinismo:

“No quiero quedarme detrás de nadie en mis alabanzas de la iniciativa heroica de Lutero. Fue en su corazón, más que en el corazón de Calvino, donde se peleó el conflicto amargo que llevó a la brecha histórica. Lutero puede ser interpretado sin Calvino, pero no Calvino sin Lutero. En gran medida, Calvino entró en la cosecha de lo que el héroe de Wittemberg había sembrado. Pero cuando se hace la pregunta: ¿Quién tuvo el entendimiento más claro del principio reformador, lo elaboró más completamente y lo aplicó de la manera más extensa? – entonces la historia señala al pensador de Ginebra y no al héroe de Wittemberg. Tanto Lutero como Calvino lucharon por una comunión directa con Dios; pero Lutero lo tomó del lado subjetivo, antropológico, y no del lado objetivo, cosmológico, como lo hizo Calvino. El punto de partida de Lutero fue el principio especial-soteriológico de la fe que justifica; mientras el principio mucho más extenso de Calvino estuvo en el principio general cosmológico de la soberanía de Dios. Como resultado natural de ello, Lutero también siguió considerando a la iglesia como el ‘maestro’ representativo y autoritativo que se interponía entre Dios y el creyente; mientras Calvino era el primero que buscaba la iglesia en los creyentes mismos. Hasta donde podía, Lutero seguía apoyándose en el punto de vista romano acerca de los sacramentos, y en el culto romano; mientras Calvino era el primero en dibujar la línea que se extiende inmediatamente de Dios al hombre, y del hombre a Dios. Además, en todos los países luteranos, la Reforma se originó desde los príncipes y no desde el pueblo, y por tanto pasó debajo del poder del magistrado, el cual asumió su posición oficial en la iglesia como su sumo obispo, y por tanto fue incapaz de cambiar la vida social o política de acuerdo con su principio. El luteranismo se restringió a sí mismo a un carácter exclusivamente eclesiástico y teológico, mientras el calvinismo puso su sello dentro y fuera de la iglesia sobre todo departamento de la vida humana. Por tanto, en ninguna parte se habla del luteranismo como el creador de una forma peculiar de vida; aún el nombre de ‘luteranismo’ se menciona casi nunca; mientras los estudiantes de historia reconocen con una unanimidad creciente al calvinismo como el creador de un mundo enteramente propio de vida humana”. (2)

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Calvino y los sacramentos

abril 25, 2009 § Deja un comentario

 

El tiempo de la Reforma fue el tiempo de las Reformas. Es decir, lo que hoy conocemos como movimiento de Reforma fue concebido en el siglo XVI como un hecho multifacético, con varias y distintas reformas alrededor de Europa. La Reforma luterana no fue la misma que la calvinista o que la zwingliana. Cada una se llevó de diferente forma y cada una de ellas tenía diferentes conceptos acerca del gobierno y su relación con la iglesia, los sacramentos, etc. Al final, estas diferencias hicieron imposible una iglesia reformada totalmente unificada.  Fue este tema, el de los sacramentos, el que causó más divisiones entre los reformadores, de tal modo que Lutero no aceptaba en ninguna manera la concepción de Zwinglio de la Santa cena y viceversa. Calvino, por su parte, propuso una teoría que conciliaba en cierta manera las dos posiciones pero que nunca fue propuesta formalmente ante los líderes del movimiento y que a la vez desechaba principios básicos de la concepción luterana y zwingliana.

Denis Crouzet ha escrito y en cierta forma definido, cuál fue la concepción de Calvino acerca de los sacramentos. El francés nos dice que “en primera definición, el sacramento es «un signo externo» por el que Dios expresa su «buena voluntad» a la vista de los hombres y sus debilidades, mediante el cual desea ofrecer un sostén o una confirmación a una fe que puede vacilar en cualquier momento. En una segunda definición, «se puede también definir y considerarlo como un testimonio de la gracia de Dios, declarado mediante una señal externa. En el cual nosotros vemos que no hay jamás Sacramento sin que le preceda la Palabra de Dios; además está ajustado a ella como un apéndice ordenado para afirmarlo, para confirmarlo y para certificarlo para nosotros» Por el sacramento, Dios se ajusta a la «rudeza» del hombre, de suerte que «incluso por esos elementos carnales nos lleva a sí, y nos hace contemplar incluso en la carne lo que es del espíritu. No es porque las cosas que nos proponen por Sacramentos tengan por su naturaleza tal calidad y virtud, sino porque son signadas y señaladas por Dios para tener esa significación»

Según la fórmula de san Agustín que Calvino se apropia, el sacramento es, por tanto, una «palabra visible», un fundamento de la fe, pero que pos sí mismo no posee valor o eficacia. Confirma y nutre espiritualmente la fe. No es eficaz por sí mismo, su eficiencia procede de que el Espíritu Santo está operativo al añadirle una «virtud» que atraviesa los corazones de quienes tienen fe, sólo de quienes tienen fe. Es un instrumento de Dios, mediante el que autoriza una comunión espiritual.

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Calvino y su influencia en Francia

abril 6, 2009 § 1 comentario

 

CalvinartDesde 1536, año en que Lefèvre murió y en que Calvino publicó su Institución Cristiana, la Reforma francesa estaba cambiando rápidamente su carácter. Ya no era un misticismo cristiano suplementado por un cuidadoso estudio de las Escrituras; había avanzado más allá de la etapa de seguidores individuales de Lutero o Zuinglio; se había unido y presentaba una sólida falange a sus enemigos; había concordado en un manifiesto que era a la vez un completo esquema de doctrina, una forma determinada de culto y un código de moral; había encontrado un dirigente que era a la vez maestro y comandante en jefe. A la publicación de la Institución Cristiana se debía a ello. El joven de quien el Consejo de Ginebra podía hablar como de “cierto francés” (Gallus quidam) tomó pronto destacado lugar entre los dirigentes de todo el movimiento reformado y moldeó en sus plásticas manos la Reforma Francesa (…) es imposible dejar de referirse a su especial influencia en Francia. (1) Tenía un extraordinario poder sobre los compatriotas de su misma fe (2). Era francés: uno de ellos. No era un extranjero que hablara una lengua extraña; no era un enemigo de la patria, y seguirlo no podría implicar un acto antipatriótico. Es verdad que había fijado su residencia fuera de los confines de Francia; pero la distancia, que le daba libertad de acción, lo hacía más estimado. Era el apóstol que escribía “a todos los que están en Francia, amados de Dios, llamados a ser santos”

En sus tiempos de estudiante, Calvino había demostrado poseer, junto con una maravillosa memoria, un agudo y penetrante intelecto, con gran facultad de asimilar ideas y modos de pensamiento; pero carecía de lo que podría ser llamado imaginación artística (3), y ni en el arte ni la poesía parecían sonar cuerda alguna en su alma. Su conducta era siempre digna, rectilínea, irreprochable. Por educación y por crianza si no por ascendencia, fue siempre el cumplido caballero francés, y se encontraba completamente a gusto con hombres y mujeres de noble nacimiento. Su carácter era serio, con poco sentido de humor, poca vivacidad, pero con extraordinario don de simpatía. Era reservado, un tanto tímido, lento para hacer amigos íntimos, pero, una vez que los hacía, la amistad duraba toda la vida. En todas las épocas de su vida –niño, estudiante, hombre de letras, jefe de un gran partido- parece haber sido centro de atracción y de confianza. El efecto de este misterioso encanto llegó a sentirse por quienes no vivieron en tiempo de su actuación. Su profesor, Mathurin Cordier, llegó a ser su devoto discípulo, Melanchton aspiraba a morir con su cabeza en el pecho de Calvino. Lutero, no obstante su suspicacia respecto de todo lo que procediera de Suiza, se sintió ganado a amarlo y a confiar en él. Y Knox, el más rudo e independiente de los hombres, lo reconocía como maestro, lo consultaba en toda duda y dificultad, y, salvo una excepción, siempre siguió sus consejos. Calvino amaba a los niños y solía invitarlos a su casa para Navidad; pero-y esto es característicamente francés-siempre se dirigía a ellos con ceremoniosa cortesía, como si fuesen hombres y mujeres crecidos que merecían tanta consideración como él mismo. Fue este rasgo el que cautivó a Beza cuando era un niño de doce años.

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