Las dos inglesas y el amor, de François Truffaut

27 de noviembre de 2016

El cine de François Truffaut me atrapa siempre, irremediablemente. Las razones son estéticas pero sobre todo personales: opera mi francofilia irreparable, mi amor por el idioma, las maneras y las costumbres.

Hoy miré Las dos inglesas y el amor, un melodrama de una narrativa novelesca, balzaquiana, que cuenta los enredos amorosos de un joven francés con dos hermanas inglesas. La belleza de la película es muy particular. Entre la inocencia de las jóvenes, la picardía reprimida del varón, las entregas casi de folletín de los capítulos, hacen de la película una pieza bien lograda, a la altura de otros filmes del director como Besos Robados, pero muy distante de otros como Disparen sobre el pianista o La dama que vestía de negro, ni qué decir de Los 400 golpes, su primer largometraje y una de sus mejores películas.

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De fragmentos y anarquías.

28 de noviembre de 2016

Siempre he querido sostener cierto orden en mis lecturas. Un afán de sistematización que viene con toda seguridad de mi formación en el protestantismo, esa expresión del cristianismo que puede resumirse en una cosa: leer las Escrituras diariamente, libro por libro, capítulo por capítulo, hacer notas, cruces, aprender capítulos enteros, recitar páginas y páginas de memoria y, en la medida de lo posible, poner en práctica lo que se interioriza. Y hacerlo del Génesis al Apocalipsis una y otra vez, durante toda la vida.

Sin embargo, algo pasa con las lecturas más “mundanas” que son incontrolables. Paso de un autor a otro, de un género a otro, a veces sin terminar los libros. Un capítulo ahí y otro por allá. Todos pequeños fragmentos que van componiendo un amplio y diverso universo pero que, en el fondo, me dan una sensación de libertad y autonomía casi anarquista: poder leer lo que quiera, cuando quiera, donde quiera.

Lo mismo me pasa con los filmes, aunque en menor medida. Tal vez porque uno no puede dejar las películas a medio ver. Tal vez porque el cine, como dice el historiador Roman Gubern, es el arte que requiere del espectador la menor colaboración intelectual. Sin embargo, pasa. Ir de un director a otro, de una época a otra, me da esa misma sensación de libertad.

Ni hablar de la música, el peor de mis fracasos de ordenamiento. Toda mi colección se organiza por autor, género, año. Como mis libros por autor y mis películas por director. Pero me es imposible escucharla de manera ordenada.

He dejado ya de preocuparme y he comenzado a pensar que ese sentimiento de libertad en el caos sea tal vez lo que permita que el disfrute del arte sea aún mayor. Apropiarse de la literatura, del pensamiento, del cine, de la música por fragmentos, como lo hacia Benjamin, hacer de la expercincia una especie de montaje eisenstiano es tal vez la mejor manera de asimilarlo todo, de relacionarlo, de aprehenderlo. Al fin y al cabo, “lo que se necesita es la anarquía”, decía García Márquez.

Breves notas sobre Alba, película de Ana Cristina Barragán.

6 de diciembre de 2016

Hace unos días miré Alba, de Ana Cristina Barragán, una excelente película que, como ha dicho El País, ha hecho brillar el cine ecuatoriano.

Tuve la oportunidad de hablar con la directora, una joven de 29 años, talentosísima y de una belleza que intimida. Me dijo dos cosas muy interesantes al preguntarle sobre sus influencias:

La primera es que su principal referente artístico no lo encontraba en el cine, sino en la fotografía. Lo que me llevó a pensar mucho en Wim Wenders, maestro del cine apegado al arte de las imágenes y de donde saca su mayor inspiración. Alba guarda, a mi criterio, una conexión con Alicia en las Ciudades, de Wenders: las niñas protagonistas, la cercanía con un padre que no es un padre, el abandono y ausencia de la madre, la edad exacta para descubrirse a sí mismas. Ambas obras no son comprables en lo absuluto, sin embargo la relación no deja de aparecer, ya sea porque en verdad exista o por el cruce de los filmes que he hecho en mi cabeza.

Lo segundo destacable de esa conversación es la visión de Ana Cristina sobre el circuito de cine en Quito. Ella sostiene que al no existir grandes referentes o escuelas, la creación puede ser más original. Sin duda una idea discutible pero no por ello desechable.

Queda para el futuro ahondar más sobre la relación fotografía-cine en Wenders y las similitudes que encuentro en Alba y la admiración de Ana Cristina por Sally Mann, por un lado; y sobre el arte joven, propio, inacabado, del que hablaba Wombrovicz en Buenos Aires a inicios del siglo XX.