Los principios estéticos de Calvino

junio 26, 2009 § Deja un comentario

novembre09“Quizás en nada Calvino ha sido más mal juzgado que en la opinión de algunos de que carecía de algún sentido estético. Tal declaración no debiera hacerse de un escritor tan bueno como él. Los críticos de diferentes preferencias religiosas han concordado en admiración a su estilo, tanto en Latín como en Francés. Mientras sus pensamientos fluyen, las palabras con las que las viste son escogidas y analizadas cuidadosamente con un entrenado sentido de la eficacia artística. Vemos en sus escritos tanto una simplicidad escritural como una elocuencia digna de Cicerón. Hace un gran alarde de su ‘rudeza’ y ‘brevedad’: estas no son practicadas a expensas de la elegancia, y tampoco impiden el uso efectivo de la imaginería… Le gusta alabar una expresión apta, usando palabras tales como ‘hermoso,’ ‘elegante,’ ‘espléndido’… las referencias a los poetas Latinos y Griegos son bastante abundantes en sus obras, y ama los Salmos como poesía… Hay en las obras de Calvino numerosos pasajes de notable belleza en aprecio a las formas de la naturaleza.”(28)

Esta estimación más bien reciente por parte de un profesor Americano de historia es un clamor que está lejano del consenso de los Jesuitas, Volterianos y Protestantes de los días de Doumergue. Para ellos Calvino aparecía como la personificación de todo lo que era anti-liberal, anti-artístico y anti-humano.(29)  Ha sido especialmente a través de las investigaciones de hombres como Doumergue, y, más recientemente el Prof. Leon Wencelius del Swarthmore College, que han demostrado que estas representaciones pre enjuiciadas son falsas. (30) Este último tiene la distinción de haber producido el estudio más completo hasta la fecha sobre los principios estéticos de Calvino. (31) Estos principios han sido aplicados críticamente a la literatura Calvinista contemporánea en los Países Bajos por C. Rijnsdorp, (32) quien hace un uso extenso de Wencelius.

Para apreciar la doctrina de Calvino con respecto a la belleza, debemos recordar que él no era un esclavo fanático de la letra, el sirviente de un dios de papel llamado La Biblia. Pero Calvino había visto al Dios viviente y caminaba ante su presencia con temor infantil. Las ideas de Calvino acerca de la música y la escultura, el lenguaje y la forma están siempre determinadas por una conciencia que se sobrecoge ante el hecho de que nos estamos relacionando con aquel que está sentado sobre el círculo de la tierra (Isa. 40:22), magnífico en santidad, terrible en maravillosas hazañas, hacedor de prodigios (Ex. 15:11).

Para Calvino la belleza no es sino el resplandor de la majestad y gloria de este Dios. Por lo tanto, divorciar la belleza de Dios es idolatría. Este fue en realidad el resultado de la caída del hombre, por el cual la creación perdió su contacto ético con Dios; esto es, el hombre ya no ama ni conoce a Dios sino que se ha alienado del corazón del Padre. En este estado miserable el hombre es ciego y ha perdido el sentido de orden y medida apropiados y encuentra solamente la belleza aparente (beauté apparente).

El contemplar simplemente la belleza en este mundo no nos conduce a una relación personal con Dios, aunque la belleza es todavía la primera guía hacia Dios. Pues la belleza revela sus atributos de bondad, sabiduría, omnipotencia, justicia y su cuidado providencial. Por lo tanto, los no creyentes están sin excusa, puesto que esta belleza de Dios es manifestada universalmente.

Calvino piensa de la historia del hombre sobre la tierra como un drama cósmico, del cual Dios es al mismo tiempo autor y espectador. La belleza es el brillo divino de la gloria reflejado desde el pensamiento y obra de Dios. Siempre consiste de claridad, medida y perfección.

Hay tres actos en este drama: antes de la caída, en la armonía perfecta del cielo y el paraíso; entre la caída y la redención, en el que la belleza es simbólica – observe el templo de Salomón – y la preparación y expectación por el Mesías es el tema central; finalmente, en el tercer período, la gloria del Señor se vuelve carne en el Hijo. Y aunque no hay en él parecer, ni hermosura; le veremos, mas sin atractivo para que le deseemos (Isa. 53:2), sin embargo resplandecía en él una belleza espiritual de manera que “el que me ha visto a mí, ha visto al Padre” (Juan 14:9), y “y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre” (Juan 1:14).

Calvino sostiene que debemos ser colaboradores y co-espectadores con Dios en este drama. Si nos distraemos durante la obra, la que tiene en juego nuestra meta eterna, sería un craso descuido de nuestra parte. En el centro de este drama cósmico está la iglesia, la que opera en contra del escenario de fondo conformado por la actividad mundana y la historia del mundo. Sin embargo, en la gracia común de Dios todos los hombres tienen un llamado sin consideración a la predestinación. Pues todos han retenido algún aprecio por la belleza y una habilidad limitada de producir artes. Esto se debe a la beneficencia del creador (Inst. II, 2, 15, 16, 17; II, 3). (33)

Ahora, la belleza no es un principio impersonal auto-existente, como en Platón, del cual el artista se vuelve un devoto. Es más bien la luz de una sabiduría siempre activa y una voluntad siempre creadora. La contemplación de la belleza, en vista del talento natural del hombre, le seduce hacia la producción y comunicación de éste talento en el arte. Esto cumple el propósito de Dios tal y como se expresa en la creación del hombre a su imagen, que no ha sido destruida por el pecado. Sin embargo, el pecado ha cambiado la alianza del hombre de manera que ahora busca a la criatura antes que al creador, en las cosas creadas. El hombre como pecador “Acepta la apariencia de la realidad, e incluso hace de ella un absoluto el cual adora.” (34) El pecador busca una belleza agradable al ojo pero engañosa, que engendra deseo y es acompañada por un gozo falso y conduce hacia la tentación sensual. Esto es vanidad y un indicativo de la vacuidad de la vida sin Dios.

Sin embargo, el arte es un don natural, completa y simplemente humano. (35) El artista es el re-creador; él hace su trabajo como Dios hizo el universo. Como tal permanece por encima de su objeto como poseedor del don para ver la belleza de la creación mejor que sus semejantes los observadores. Por otro lado, el artista debe estar por debajo de su objeto, como un observador de la criatura de Dios. Debe desarrollar un sentido del objeto, y la fidelidad al objeto se vuelve una pasión con Calvino. Sin duda que esto puede trazarse, en alguna medida, a su entrenamiento Humanista, en el que el retorno a las fuentes del aprendizaje era una pasión. Esto llegó a expresarse en el estudio de Calvino de la Escritura en los lenguajes originales y su deseo de hacer accesible el Evangelio a sus compatriotas en su propio idioma.

El objeto en sí mismo debe estar sujeto a las reglas de la simplicidad, sobriedad y medida. Con respecto al artista Calvino sostiene que ha de ser humilde, tomar mucho tiempo en la preparación y no ha de apresurarse en la ejecución, expresándose a sí mismo con claridad y pureza. El arte se vuelve creativo cuando la actividad humana se dirige a la actividad creativa de Dios. La belleza es el brillo que acompaña a tal actividad creativa.

Solo el creyente puede legítimamente cumplir su rol en el drama del mundo, que debe estar centrado en el principio religioso de buscar la gloria de Dios en la actividad universal dentro del marco del universo creado. Esto es así debido a que la vida del creyente ha sido corregida en principio. Ha experimentado un cambio de mente en su conversión.

Dios ha concedido gran libertad y responsabilidad en los hombros del portador de su imagen para que pueda regir sobre la creación en una manera análoga a la forma en que Dios mismo conduce los asuntos de los hombres. De allí que Dios no le haya dado al hombre un conjunto de normas y reglas artísticas, sino que el hombre descubra éstas por sí mismo. Sin embargo, hay – dice Calvino – un principio mayor que ha de observarse, a decir, el arte mismo debe someterse en el artista a la Palabra y al Espíritu. Este es un principio absoluto en la estética de Calvino.

Puesto que la naturaleza nos ha sido dada por Dios para nuestra instrucción debemos estar dispuestos a aprender de ella pero no a seguirla servilmente. Sin embargo, nuestra labor debe ser en el espíritu y siguiendo el significado de la creación. Tampoco puede el arte buscarse a sí mismo, que fue la falta de los Griegos, por lo cual se convirtió en idolatría. Sin embargo, el arte debiese proveer placer o servir a un propósito pedagógico dentro de la meta común para toda la humanidad redimida, es decir, la confirmación del reino de Dios sobre la tierra.

El arte, como tal, puede ser dividido en dos clases, el mecánico y el libre. El primero está limitado a los materiales con los cuales es producido, tales como la arquitectura y las artes plásticas; el segundo, la música, la pintura y la literatura no se hallan limitadas de esta manera. Ningún arte puede ser condenado simplemente porque provee placer más que utilidad. Sin embargo, su gozo nunca puede estar divorciado del servicio a la humanidad y al temor del Señor. Así pues, dentro de los límites dados por Dios, el arte puede tener su legítimo placer y gozo saludable, pero si infringe esos límites echa a perder el orden de las cosas. Tal arte irreal, habiendo perdido toda medida, favorece las pasiones más bajas.

Con respecto a la arquitectura Calvino dice que los paganos sucumbieron a la tentación de exagerar la belleza externa de sus templos. Sin embargo, la belleza religiosa no es tanto asunto de paredes sino de la unidad espiritual de los creyentes. Por lo tanto es orgullo y vanidad por parte de Roma edificar hermosas iglesias mientras adora lo contrario a lo prescrito por los mandamientos de Dios.

No hay prohibición contra las artes plásticas, pero el artista debe hallar su inspiración en la naturaleza y someterse a sus leyes. Transformar estas leyes para la criatura y darle una especie de divinidad es idolatría. Sin embargo, no se debe permitir que estas artes se entrometan en la adoración, puesto que tienen un carácter exclusivamente terrenal y no pueden representar las cosas no creadas.

Aunque Calvino insistía en la santidad de la belleza, tenía un interés más directo con la belleza de la santidad. La belleza de la adoración se halla en su espíritu y en verdad. El culto debe reflejar la gloria divina, como hace el mundo creado, puesto que Dios es central a ambos. La adoración a Dios debiera ser simple, puesto que Dios es uno; pura, porque él es santo; armoniosa, puesto que es él quien ha establecido la medida para todo.

La música es la principal de las artes en su adaptabilidad a la adoración. El objeto de la música es Dios y su creación. La gloria de Dios y la elevación del hombre son su meta, y los Salmos inspirados son sus medios. Puesto que es la bondad de Dios emanando a través del universo lo que hace a los hombres cantar, Dios debe ser el centro de los pensamientos y sentimientos del hombre cuando canta. La seriedad, la armonía y el gozo deben caracterizar nuestros cantos para Dios. Y, aunque Calvino no rechaza el uso de himnos, prefiere usar los Salmos de David en la adoración pública. El canto es un embalse ilimitado de poder, puesto que mueve nuestros corazones a invocar el nombre de Dios más formalmente. Por él somos fuertes en la tentación y cuando enfrentamos la persecución (mire a los Hugonotes y a muchos mártires que fueron cantando a la hoguera), y renueva el alma. Al cantar la iglesia es edificada y sus miembros son unidos en el santo vínculo del amor. Calvino no condenó la música secular, es decir, aquella que tenía la creación de Dios como su objeto, fuera de lugar. Pero lo secular puede no ser impío; debe servir para glorificar a Dios indirectamente a través de nuestro gozo y elevación. Por lo tanto, la música que degrada, que corrompe los buenos modales, que adula a la carne, debe ser rechazada. Pues la música tiene un poder secreto e increíble para mover los corazones. Cuando palabras malvadas son acompañadas con música, ellas penetran más profundamente y el veneno entra como el vino a través de un embudo en la tinaja. (36)

Es exactamente en este punto, dice Doumergue, que Calvino hizo una transformación revolucionaria de la cultura por la introducción de los Salmos en el servicio de adoración. Pues el abuso y mal uso de la música en la iglesia Católico Romana era grotesco y no puede entenderse aparte del cuadro total de extravagancia imprudente de la época, tal y como es descrita por Zwinglio, Lutero y Calvino cuando deploran la moralidad de la iglesia. Doumergue cita el hecho de que en un servicio Católico Romano el líder de canto comenzaría con un Sanctus, mientras que otros, seguidos por la multitud, cantaban las palabras, Robin m’aime, Trop M’a amour assaillie (Petirrojo, ámame; estoy demasiado enamorado de él). Hasta los trabajos de Palestrina contra esta música lasciva e impura fueron en vano, por dos siglos después de la Reforma las melodías prescritas para el Credo, el Pater Noster y el Ave Maria eran tomadas de las canciones contemporáneas de amor.(37) Calvino ha sido llamado el padre del Salterio. Antes de él las iglesias Reformadas Francesas no conocían el canto congregacional. En 1537 Calvino ya había propuesto la introducción del canto congregacional en Ginebra, con el propósito de avivar los corazones fríos hacia la corazón y moverles a la alabanza. Sin embargo, la primera edición del Salterio apareció en Estrasburgo en 1539, donde Calvino se encontraba en el exilio. Contenía su propia versión métrica de los Salmos de David con doce armonizados más de Marot, que Calvino encontró en Estrasburgo. Más tarde Calvino eliminó su propia poesía y tomó la versión de Marot de los Salmos, mientras que las melodías fueron compuestas o arregladas por Bourgeois y publicadas en 1562. Esta versión del Salterio gozó de veinticinco ediciones el año de su publicación y un total de 1400 ediciones (Ibíd., p. 20).

Calvino mismo había descubierto la famosa melodía de Greiter, quien era el líder de canto en la catedral de Estrasburgo, y la adaptó a su versión del Salmo 36. Más tarde Beza tomó esta melodía para su versión del Salmo 68, que ha sido llamado el Salmo Protestante de batalla. Como resultado del trabajo original y osado de Calvino en esta fase de la cultura Cristiana, los maestros Protestantes han cultivado el ritmo, el acento y la melodía en los Salmos. De esta forma el sacerdocio de los creyentes llegó a expresarse en los servicios Calvinistas. El tono principal de los Salmos es un gozo serio (Joie grave), pero también habla de poder y majestad. Fue llamado la Sirena del Calvinismo, y se convirtió en el rival invencible de los enemigos de la cruz de Cristo mientras le daba un arte universal a todas las iglesias Protestantes. Las ideas de Calvino, que pueden encontrarse en el Prefacio del Salterio Ginebrino, hicieron el más grande impacto en la música sagrada del siglo y forman la quintaesencia de la estética musical de la Reforma.

El escribir también era un arte elevado para Calvino, y su alto respeto por la Biblia no apagó su entusiasmo por la literatura profana, la cual tiene un llamado en el ámbito de la gracia común. En lugar de aludir a sus “espléndidos vicios” (Agustín), Calvino sostiene que Dios ha adornado a los paganos con talentos de agudeza y perspicacia al investigar las cosas terrenales (Inst. II, 2, 15). Es el mismo Espíritu que habita solamente en el fiel, quien “suple, actúa y revive a todas las criaturas” (Ibíd., par. 16). Por lo tanto, “Si, pues, Dios ha querido que los infieles nos sirviesen para entender la física, la dialéctica, las matemáticas y otras ciencias, sirvámonos de ellos en esto, temiendo que nuestra negligencia sea castigada si despreciamos los dones de Dios doquiera nos fueren ofrecidos” (Ibíd.).

Sin embargo, Calvino está siempre consciente del hecho de que los dones naturales que quedaron después de la caída han sido corrompidos y producen solamente un conocimiento transitorio (Ibíd., II, 2, 16). El Señor realmente les ha permitido “un cierto sentido de Su divinidad, a fin de que no pretendiesen ignorancia para excusar su impiedad”; sin embargo, “pero las vieron de tal manera, que no pudieron encaminarse a la verdad, ¡y cuánto menos alcanzarla!” (Ibíd., II, 2, 18). Esto hace eco de la alegoría de Platón de un grupo de hombres sentados en una caverna, con sus espaldas contra la luz, de manera que no ven sino las sombras de las imágenes. Aquí la evaluación de Platón por parte de Calvino es a propósito, quien, aunque el más religioso y juicioso de todos los filósofos, aún así “también erró con su esfera, haciendo de ella su primera idea” (Ibíd., I, 5, 12). Sobre las pocas verdades que “fortuitamente salpican los libros de los paganos, están manchadas con numerosas y monstruosas falsedades” (Ibíd.).

Sin embargo, para Calvino no era suficiente el pensar bien y saber la verdad; uno también debe escribir bien y diseminar la verdad. Afortunadamente no necesitamos satisfacernos en este punto con teoría, pues el genio de Ginebra nos ha dejado una rica herencia de excelencia literaria, pues por predilección Calvino era un hombre de letras. La conversión y el llamado no le quitaron su entrenamiento y predilección más de lo que le hayan quitado su condición de hombre. Si hay algún punto sobre el cual los críticos de Calvino concuerdan, es en su espléndido estilo como escritor. Apliquemos aquí un adagio Francés al creador del lenguaje teológico Francés — el estilo es el hombre (Le Style c’est L’homme!). Doumergue nos cuenta que el estilo de Calvino era común, animado, alegre, simpático y noble. (38)

Ya hemos notado la publicación de la Institución como un evento histórico, pero también fue un evento literario de primera magnitud. Brunetiére, crítico literario Francés y contemporáneo de Doumergue, dice que no hay “monumento literario anterior en Francia que pueda comparársele.”

Naturalmente critica la falta de reserva y buen gusto en cuanto a la referencia de las personas como burros, pero añade, “Más bien alabemos la concatenación de sus ideas. Es de tal tipo, tan fuerte, y tan compacta que no importa de qué pasaje tratemos de extraer la doctrina que encontremos, siempre es la misma conexión, la misma lógica, y la misma dependencia y subordinación de las partes… indudablemente no tenemos en nuestro lenguaje mejores modelos de aquella vivacidad de razonamiento, o más bien de argumentación, o de esa precisión y esa propiedad en el uso de los términos, o de esa sucinta y reveladora brevedad. Ya no contamos con ese arte de seguir el pensamiento y explicarlo todo o parafrasearlo sin perder el punto de vista. La paráfrasis de Calvino del Decálogo es una de las cosas más bellas en el lenguaje Francés.” Brunetiére concluye diciendo que la Institución fue el primer libro del cual podemos decir que fue un clásico. “Es igualmente así… por razón de la dignidad del plan, y la manera como la concepción del todo determina la naturaleza y elección de los detalles. Es así por razón del propósito de convencer o conmover el cual, puesto que es su causa, produce su progreso interno, y el espíritu de su atractivo y gracia retórica.”(39) Esta es una elevada alabanza por parte de un hombre que sostenía que Calvino no tenía apreciación artística.

El espacio no me permite hablar particularmente de los treinta volúmenes de comentarios de Calvino, que se distinguen por la agudeza filológica y un sentido infalible del lenguaje. También paso por alto los escritos controversiales, que están en una categoría por sí mismos y han contribuido a un género especial en las letras Francesas, a saber, la sátira Calvinista. Warfield afirma que ningún polemista tan efectivo había antes escrito, y cita la Carta a Sadoleto como el mejor espécimen de aquel precepto más excelente para todos los escritores controversiales: Suaviter in mode; fortiter in re (¡Dulce en la manera, fuerte en la materia!). (40)

Calvino también escribió catecismos, credos, formularios para la adoración, tratados populares para la instrucción, y por último, pero no menos importante, cientos de cartas. Por medio de éstas llevó adelante sus labores pastorales entre todas las iglesias Reformadas de Europa Occidental. En ellas instruye a los hombres de estado, reprende a los gobernantes, conforta a los enfermos y a los desahuciados, anima a los santos – en resumen, aparece como un auténtico pastor de almas. Las cartas de Calvino, aparte de su valor literario, revelan su rica vida religiosa, su propósito profundo y noble y su infatigable búsqueda hacia el alcance de su propósito y, sobre todo, su profunda simpatía humana. Aquí vemos a Calvino apoyándose en sus amigos lo mismo que dándose a sí mismo a ellos de todo corazón. Ciertamente tenía sus fallas – elevada ira, impaciencia, falla en dejar que las plenas implicaciones para todo hombre de la libertad espiritual le llevaran a escoger, o a ir en contra, de Dios – pero, es un vilipendio infame decir que Calvino era duro, amargado o que no tuviera amor. (41)

 

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Van Til, Henry, Concepto Calvinista de la Cultura. Juan Calvino: El teólogo cultural y reformador de la vida total. Traducción: Ronald Herrera Terán. 1909.

Publicado en Contra Mundum

Nota: Las citas siguen de la entrada previa Calvino y el mundo de la economía

28. John T. McNeill, op. cit., pp. 231, 232.

29. Doumergue, Kunst en Genoel in het Werk van Calvijn, 3 conferencias. Trad. D. F. A. Winckel, (Wageningen, 1904), p. 9.

30. y 31. l’Esthetique de Calvin, (Raspail, 1937) debo confesar que no he sido capaz de desarrollar en este estudio de 500 páginas acerca de la Estética de Calvino en su versión original pero he leído la reproducción de A. Anema en Holandés, y la conferencia de Wencelius sobre “La Palabra de Dios y la Cultura” en el que trata con las ideas de Calvino referentes al arte.

31. Ídem.

32. In Drie Ecappen (Baarn, 1951), p. 17-34. Me he apropiado de los materiales dados aquí por Wencelius, puesto que Rijnsdorp también ha producido un concepto reducido de los principios estéticos de Calvino a través de los ojos de Wencelius.

33. Para un tratamiento más detallado del tema de la gracia común y la cultura, cf. H. Bavinck, “Calvino y la Gracia Común,” Calvino y la Reforma, pp. 117- 30, donde Bavinck sostiene que Calvino, a pesar de “su convicción de la majestad y carácter espiritual de la ley moral,” es más generoso en su reconocimiento de lo que es verdadero y bueno, dondequiera que se encuentre, que cualquier otro Reformador” p. 120.

34. Leon G. Wencelius, “La Palabra de Dios y la Cultura,” La Palabra de Dios y la Fe Reformada, (Grand Rapids, Michigan, 1942), p. 164.

35. Wencelius, l’Esthetique de Calvin, p. 104, “une activité terrienne, tuit simplement Humaine,” citado por Rijnsdorp, p. 30.

36. Calvino, Pensamientos sobre el Salterio, citado por S. Anema, Wat Bracht Ons Wencelius, “l’Esthetique de Calvin,”, pp. 51, 52.

37. Op. cit., pp. 11, 12.

38. Calvijn Als Mens En Hervormer, pp. 33- 53.

39. “La Obra Literaria de Calvino,” The Presbyterian and Reformed Review, XII, (1901), pp. 392-414.

40. Warfield, Calvino y el Calvinismo., p. 10

41. Paul Woolley, “Zwinglio y Calvino,” The Presbyterian Guardian, (Nov. 1941), p. 122.

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