El impacto político de Calvino

marzo 27, 2009 § 3 comentarios

calvin55eLa Reforma, en su esencia, no era un asunto de lo periférico, sino del corazón, del cual brotan los asuntos de la vida. Se dirigía a la cuestión de la relación del hombre con Dios, la que es determinante para todas las otras relaciones de la vida. En este sentido era católica y universal en su impacto sobre la vida total de la sociedad. Aunque la restauración de la verdadera iglesia era la meta principal, la divina gloria de la obra de Dios en Cristo arrojó su luz con amplitud hacia toda esfera de la vida.

El impacto de las ideas de Calvino en la esfera política inauguró una nueva era, dándole un carácter y una dirección nuevas a la existencia nacional en muchas tierras. El estado Griego había sido totalitario, en el que la religión servía como un medio para un fin, a decir, la glorificación del estado. En la Edad Media los roles fueron revertidos de manera que nos encontramos con una iglesia-estado, con la suprema autoridad conferida al papa, quien prestaba el poder temporal al gobernante terrenal para el servicio de la iglesia. Calvino miró a la iglesia y al estado como dos entidades interdependientes cada una habiendo recibido su propia autoridad del Dios soberano. En esta concepción el estado nunca es secular, ni están el estado y la iglesia separados en el sentido moderno de la palabra. La democracia atea y la soberanía popular no pueden decir que Calvino es su padre.

Según Calvino, la iglesia y el estado deben vivir en paz y deben cooperar juntos en sujeción a la Palabra de Dios. Cada una ha de tener su propia jurisdicción. El estado tiene autoridad en los asuntos puramente civiles y temporales; la iglesia, en los asuntos espirituales. Calvino abolió la cláusula de la ley canónica del beneficio del clero, colocándose a sí mismo y a sus asociados ministeriales en obediencia a los magistrados todos los asuntos civiles. Los magistrados, por su parte, habían de estar bajo la jurisdicción del consistorio en las cosas espirituales. Es claro por esto que Calvino pensaba del estado como constituido por ciudadanos Cristianos, pues, así como no hubiera sido posible, la vida individual próspera sin moralidad basada en la verdadera religión, así también, sostenía Calvino, la vida social y política sin verdadera moralidad, la que a su vez está basada en la verdadera religión, a decir, la Cristiana, es imposible.

Según la iglesia medieval el estado era su sirviente. Los Anabaptistas consideraban al estado como un siervo de Satanás. Pero Calvino sostenía que el estado es siervo de Dios, puesto que la política civil hace posible la vida entre los hombres al restringir al malvado de manera que no puedan perpetrar sus crímenes con impunidad. De allí que el servicio del estado sea santo, que ha de ejercerse en el nombre de Dios y para su gloria. Los magistrados son los representantes de Dios; si llamado no es solamente legítimo “sino en mucho el más sagrado y honorable de la vida humana” (Inst., IV, 20, 1), y les debemos obediencia por causa de la conciencia. Así, la vida completa, para Calvino, es librada de la prohibición de la inferioridad profana. La libertad espiritual del Cristiano no suprime los tribunales, las leyes o los gobernadores, y es perfectamente consonante con el servicio civil (Ibid., IV, 20, 1).

Los gobernantes no tienen derecho de hacer leyes con respecto a la adoración a Dios y a la religión; sin embargo, sus responsabilidades se extienden hacia ambas tablas de la ley. Esto es claro por las Escrituras y por la práctica de los paganos, entre quienes los filósofos hacían de la religión su primera preocupación. Por tanto, sería absurdo para los magistrados Cristianos abandonar las demandas de Dios por los intereses de los hombres (Ibid., IV, 20, 9). Calvino deseaba que el gobierno mantuviera formas públicas de religión entre los Cristianos y de humanidad entre los hombres. Las autoridades civiles, siendo ellas mismas Cristianas, deben guardar la verdadera religión contenida en la ley de Dios de ser violada y contaminada por la blasfemia pública (Ibid., IV, 20, 3).

En sus ideas acerca del orden político, es determinativo el principio básico de Calvino de la soberanía de Dios. Pues estaba fuertemente opuesto a toda forma de absolutismo estatal, autocracia y monarquía absoluta. Los reyes y los presidentes debían tener su poder limitado por legisladores y por la ley constitucional. Calvino cita en las Escrituras el caso concreto de Samuel quien registra los derechos del pueblo en un libro para referencia futura entre ellos y el rey. Esto difiere in toto de la idea del contrato social de Rousseau, en el que la voluntad colectiva del pueblo es la norma más alta. Para Calvino el Dios soberano es legislador de las naciones hoy lo mismo que en los días de Samuel, y la soberanía popular es un producto de la imaginación engañada del hombre caído.

El estado es también electivo en el sentido que se requiere la aprobación del pueblo para la autoridad legal. Calvino señala al ejemplo de David, quien no asumió su prerrogativa de gobernar ya sea en Hebrón o en Jerusalén, aunque Dios le había escogido para el sagrado oficio, hasta que los ancianos del pueblo vinieran y le solicitaran gobernar sobre ellos. El votar, para Calvino, es un asunto serio y sagrado por el cual los magistrados son escogidos popularmente con el propósito de refrenar la tiranía de los reyes. Esto no es meramente su derecho en virtud de su oficio, sino también su sagrada responsabilidad. De esta manera el gobierno hereditario es eliminado. Los ciudadanos privados pueden, en verdad, rehusar obediencia al gobernante cuando manda cualquier cosa contraria a la Palabra de Dios, pues debemos obedecer a Dios antes que al hombre. Pero un ciudadano que no tiene oficio no puede rebelarse o levantarse contra la autoridad legalmente constituida.

Al gobierno los ciudadanos deben honor, obediencia, servicio militar y de otros servicios, pago de impuestos y oraciones por el bienestar de los gobernantes. Y mientras gobernantes injustos sean levantados por Dios para castigar las iniquidades del pueblo, deben ser obedecidos. El único recurso en tales casos es la oración, para que Dios juzgue entre las naciones y de su retribución a aquellos que quitan el derecho de la viuda y del pobre (Ibid., IV, 20, 17- 32). Aquí se evidencia otra vez el pleno impacto de la idea de la soberanía de Dios. No solamente el gobernante está bajo restricción, sino también el ciudadano, quien está obligado a cumplir su responsabilidad y a cumplir su obligación divina, por causa de Dios. Es verdad que al fin Calvino concede que Dios también levanta individuos para poner fin a la tiranía, o puede enviar a otros gobernantes para vencer a los tiranos, pero esto implica un llamado especial del Señor. El procedimiento normal es que los magistrados inferiores (i.e., aquellos que representan al pueblo y que son elegidos por voto popular) debiesen remover a los gobernantes que tiranizan a su pueblo y violan la constitución. Esto ha sido llamado por los eruditos Calvinistas, “el santo derecho de la rebelión.”(13)

Albert Hyma afirma que fue especialmente la transferencia del sistema de elección usado en la escogencia de ancianos y diáconos en la iglesia Ginebrina hacia la arena política lo que hizo posible un impacto tan tremendo dondequiera que iba el Calvinismo (República Holandesa, Inglaterra y Escocia, y América).(14) El fallecido Williston Walker de la Universidad de Yale escribió, “La influencia del Calvinismo, por más de un siglo después de la muerte del Reformador de Ginebra, fue la fuerza más potente en Europa en el desarrollo de la libertad civil. Lo que el mundo moderno le debe es casi incalculable.”(15) Un reciente autor Inglés, al contar la historia de cuál es el logro del Calvinismo en América, dice, “Lo hemos visto modificando las constituciones y formas de vida de países antiguamente establecidos en Suiza, Holanda y Gran Bretaña, pero aquí lo tenemos operando como un factor principal en crear un nuevo estado. La influencia de los Estados Unidos en el mundo de hoy hace de sus orígenes un asunto de gran interés. Esos orígenes revelan uno de los triunfos más especiales del Calvinismo.”(16) Esto también es enfatizado por el Sr. Davies (cf. pie de página 14) quien afirma que el estado mental de los colonizadores Americanos había sido formado antes que la influencia de Locke llegara a expresarse en nuestro lado del océano a través de Jefferson, mientras que Dakin estima que alrededor de dos de los tres millones de habitantes en América al momento de la guerra Revolucionaria pertenecían a las filas Calvinistas.(17) Es discutible si alguien quisiese argumentar que Calvino habló la palabra liberadora, o la última palabra, sobre la relación entre la iglesia y el estado. Por ejemplo, creía que el estado debía proveer para las necesidades físicas de los ministros, que se requería que cuidara de los pobres y proveyera educación para los jóvenes ciudadanos. Aún cuando concedamos que Calvino preveía un gobierno Cristiano, no obstante colocó un arma aguda en las manos del gobierno, mediante la cual se vuelve bastante simple para un gobierno hostil forzar a la iglesia a obedecer sus mandatos.

Además, bien podemos cuestionar la posición de Hyma (Doumergue también tiene esta opinión) de que una iglesia democrática hizo surgir un estado democrático. En realidad, la iglesia que Calvino organizó no era democrática en este sentido moderno, pues el poder y la autoridad últimos estaban conferidos a los ancianos, siendo estos delegados a ellos por Cristo.

Sin embargo, aunque la separación de la iglesia y el estado no se realizó en Ginebra durante la vida de Calvino, podemos decir que se convirtió en una realidad histórica debido a sus labores al instituir la disciplina espiritual en la iglesia. La batalla por la jurisdicción espiritual del consistorio, con el derecho a excomulgar, era el punto focal de disputa en la larga batalla, dura y a veces amarga, que Calvino peleó con el concilio de Ginebra. Esto, dice Warfield, fue la cuña de entrada, “clavada entre la Iglesia y el Estado que tenía el propósito de separar al uno del otro” (Op. cit., p. 18). Y aunque todos los hijos espirituales de Calvino no apreciaron esto suficientemente, él quería una iglesia autónoma en su propia esfera espiritual. Es debido a esta victoria, a saber, la exitosa introducción y mantenimiento de la disciplina espiritual, dice Warfield, que “toda Iglesia en la Cristiandad Protestante que disfruta hoy de cualquier libertad, cualquiera que ésta sea, al realizar sus funciones como una Iglesia de Jesucristo, lo debe todo a Juan Calvino” (Ibid., p. 19).

 

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Van Til, Henry, Concepto Calvinista de la Cultura. Juan Calvino: El teólogo cultural y reformador de la vida total. Traducción: Ronald Herrera Terán. 1909.

Publicado en Contra Mundum

Nota: La citas siguen de la entrada anterior: Calvino como teólogo de la Palabra

 13.- Sin embargo, cf. A. A. Van Schelven, Het Heilig Recht Van Opstand, (Kampen, cf. 1919), quien argumenta que la situación histórica ha cambiado tanto que los monarcas constitucionales no tienen oportunidad de tiranizar y que la división entre gobernante y magistrado inferior ya no logra nada. Sin embargo, este pequeño tratado es muy valioso, al ubicar las fuentes en una larga historia de una cuestión muy debatida.

14. La Vida de Juan Calvino, (Grand Rapids, Michigan, 1943). Cf. Cap. “Camino a la Democracia,” pp. 92-102; Véase también A. Mervyn Davies, El Fundamento de la Libertad Americana, (New York, 1955), quien sostiene que, “Al vencer a la ola emergente de absolutismo cuando ésta amenazaba devorar toda Europa, éste (i.e., el Calvinismo) hizo posible el surgimiento de una mancomunidad del hombre bajo la soberanía de Dios. Así pues, fue eso lo que colocó los fundamentos de nuestra libertad,” p. 24.

15. Citado por Hyma, sin ref. op. cit., pp. 96, 97.

16. A. Dakin, Calvinismo (Filadelfia, 1946), p. 162.

17. Op. cit., p. 159 donde Dakin acepta el estimado de L. S. Mudge, Enc. Brit. Ed. XIV, Vol. XVIII, p. 447.

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