Calvino como teólogo de la Palabra

marzo 13, 2009 § 2 comentarios

 

calvin09marsLa Reforma Protestante, dice Warfield, “fue la revolución más grande del pensamiento que el espíritu humano haya forjado desde la introducción del Cristianismo.”(6) Los contemporáneos de Calvino le consideraban “El Teólogo” por vía de eminencia, y fue Melanchton, el amigo íntimo de Lutero, quien le dio este título. Aunque Lutero, el héroe de Wittenburg, creó el Protestantismo, fue Calvino, como el genio de Ginebra quien lo salvó. (7) Calvino ha sido reconocido por la inmensa mayoría como el organizador sistemático dela teología Protestante. Sin embargo, no siempre se ha apreciado que era también un estudiante original de la Escritura, quien hizo algunas contribuciones como dogmático. El Dr. B. B. Warfield, quien ha hecho tanto como cualquiera en los tiempos modernos para entender la teología de Calvino y para darle prominencia, dice, “él marcó una época en la historia de la doctrina de la Trinidad por su insistencia en la auto-existencia como un atributo propio del Hijo y del Espíritu, lo mismo que del Padre, hizo a un lado los persistentes elementos del subordinacionismo, y aseguró para la Iglesia una conciencia más profunda de la co-igualdad de las Personas divinas. Introdujo la presentación de la obra de Cristo bajo la rúbrica del oficio triple como Profeta, Sacerdote y Rey. Creó la disciplina total de la ética Cristiana. Pero, por sobre todo, le dio a la Iglesia la doctrina completa de la Obra del Espíritu Santo, concebida profundamente y elaborada con todo detalle, con sus provechosas distinciones de gracia común y gracia eficaz, de los efectos noéticos, estéticos y telemáticos, un don, nos aventuramos a pensar, tan grande, tan cargado de beneficio para la Iglesia como para asignarle con justicia un lugar al lado de Agustín y Anselmo, y Lutero, como el Teólogo del Espíritu Santo, siendo ellos respectivamente el Teólogo de la Gracia, de la Expiación y de la Justificación” (Op. cit., p. 21).

Aunque este juicio es verdadero, no obstante uno no necesita negar que Calvino derivó la mayor parte de su teología de Lutero a través de Bucer, y que ésta no fue sino avivada doctrina Agustiniana de la gracia de Dios. Aunque Calvino es crítico de la prolijidad de Agustín, le cita con aprobación más a menudo que todos los otros Padres de la Iglesia juntos. Pero Calvino fue más allá que los otros Reformadores en su adherencia incondicional a la Palabra, en la claridad y lo incisivo de su pensamiento, en sus aplicaciones prácticas para la vida total y el fervor y afecto de sus admoniciones. Ha sido bien llamado el teólogo del corazón (Warfield, Op. cit., p. 23).

Esta gran reverencia de Calvino a la Palabra de Dios como la autoridad final, inspirada e infalible para el pensamiento y la acción, llega a expresarse en sus sermones, comentarios y escritos controversiales. Puede citarse una ilustración notable de La Institución para ilustrar que Calvino no enseña la predestinación debido a las demandas de un sistema lógico de pensamiento. Pues Calvino sostiene que es la simple enseñanza de la Escritura. Y todavía no ha aparecido nadie para probar que Calvino estaba equivocado en esto.

Calvino le responde a aquellos que sepultarían toda mención de la predestinación que “la Escritura es la escuela del Espíritu Santo en la cual ni se ha dejado de poner cosa alguna necesaria y útil de conocer, ni tampoco se enseña más que lo que es preciso saber. Debemos, pues, guardarnos mucho de impedir que los fieles quieran saber todo cuanto en la Palabra de Dios está consignado referente a la predestinación, a fin de que no parezca que queremos defraudarlos o privarles del bien y del beneficio que Dios ha querido comunicarles, o acusar al Espíritu Santo de haber manifestado cosas que hubiera sido preferible mantener secretas. Permitamos, pues, al cristiano que abra sus oídos y su entendimiento a todo razonamiento y a las palabras que Dios ha querido decirle, con tal que el cristiano use tal templanza y sobriedad, que tan pronto como vea que el Señor ha cerrado su boca sagrada, cese él también y no lleve adelante su curiosidad haciendo nuevas preguntas. Tal es el límite de la sobriedad que hemos de guardar: que al aprender, sigamos a Dios, dejándole hablar primero; y si el Señor deja de hablar, tampoco nosotros queramos saber más, ni pasar más adelante.” (III, 21, 3). Esta cita contradice de una vez el argumento de que Calvino era un teólogo especulativo y comprueba su profundo interés en escuchar la voz de Dios hablando en las Escrituras.

El mismo pensamiento es poderosamente expresado por Calvino al advertir al demasiado curioso, quien no dejaría ninguno de los “secretos Divinos sin escudriñar o sin explorar.” A estos amonesta a no exceder los límites de la Palabra, no vaya a ser que por curiosidad humana vayan a entrar en un laberinto prohibido, del cual es imposible escapar. “Y no nos avergoncemos de ignorar algo, si en ello hay una ignorancia docta” (Ibid., III, 21, 2).

Sin embargo, los peligros y temores involucrados de la sobre-cautela no debiesen hacer que “la Palabra de Dios fuese del todo sepultada y jamás se hablase de ella para no perturbar a los corazones tímidos” pues, “¿bajo qué pretexto, pregunto yo, pueden ocultar su arrogancia cuando indirectamente tachan a Dios de loca inconsideración, como si no hubiera visto antes el peligro, que ellos con su prudencia creen que van a evitar? (Ibid., III, 21, 4).Fue en sumisión a la sagrada Escritura que Calvino enseñó la justa voluntad de Dios como la causa de todas las cosas que llegan a suceder. Y aún cuando a veces nuestras mentes finitas se inquietan por el hecho de la condenación, constituiría extrema presunción por parte de la criatura el inquirir en las causas de la voluntad divina, que es la más alta regla de justicia. El Dios de Calvino no es un Dios que no se conforme a ley alguna (ex lex) y no le podemos atribuir capricho pues Él es ley en sí mismo. Y suponer que existe cualquier cosa antecedente a la voluntad divina es claramente impío, pues eso involucra una negación de la perfección e infinidad de Dios (cf. Inst. III, 23, 2).

Debido a que Calvino tenía un sentido tan profundo de Dios en su majestad y se entregó a sí mismo incondicionalmente a vivir ante la presencia de Dios, puede ser verdaderamente llamado un hombre intoxicado de Dios. Pues con Calvino la doctrina de la predestinación nunca permaneció sola, sino que junto con ella enfatizó la responsabilidad humana en toda su predicación. Creía firmemente que la fe de un hombre se hace evidente en sus obras. Calvino se regocijaba en la bendita seguridad de que Dios le había predestinado personalmente, y este conocimiento le apasionaba para hacer la voluntad de Dios.

Calvino estaba seguro que Dios le había llamado para la tarea de reformar la iglesia en aquellos oscuros días. Su primera respuesta a ese llamado fue dedicar a la obra su formidable saber y prodigiosa pluma. Más tarde miró claramente que Dios le quería en Ginebra, aunque su espíritu deseaba la soledad y el reposo. Después de su regreso del exilio en Estrasburgo, donde su alma se llenó de consternación frente a la posibilidad de asumir el yugo, que era su cruz, consintió con el juicio de sus amigos y concluyó, “¡Es la voluntad de Dios!”(8) Como David en la antigüedad Calvino pudo decir, “A Jehová he puesto siempre delante de mí; porque está a mi diestra, no seré conmovido.” (Sal. 16:8) y, “Jehová es mi luz y mi salvación; ¿de quién temeré?” (Sal. 27:1). Como resultado Calvino fue capaz de vencer todo oposición como representante de Dios. ¡Qué podía hacerle la oposición, el tumulto o la revolución a un hombre tal! Sin duda esto explica el hecho que él, como Pablo y Silas antes de él, fue capaz de trastornar al mundo (Hch. 17:6). Este fue el secreto de su éxito y la motivación de su infatigable energía. Estaba seguro en su alma de que estaba haciendo la obra del Señor en Ginebra.

Calvino nunca fue un Reformador rígido, nacionalista o sectario; creía que debíamos acercar a todos los hombres a Dios para que todos pudieran adorarlo y servirle. Con este fin envió a dos misioneros Protestantes en 1556 a Brazil, con un grupo de colonizadores. Tampoco restringió Calvino su ministración espiritual a los Ginebrinos y a los Franceses, sino que todo el mundo era su parroquia. Cuando sus enemigos se mofaron de Calvino y le echaron la muerte de su hijo en su cara, Calvino respondió, “Hijos, los tengo por toda la tierra, miríadas de ellos.” En 1552 Calvino escribió una carta a Cranmer en Inglaterra en la que dijo, “En lo que a mí respecta, si puedo brindar algún servicio no voy a dudar en cruzar diez mares, si fuese necesario, con tal motivo. Si el brindar una mano de ayuda al reino de Inglaterra fuese el único punto en discusión, ese sería un motivo suficiente en sí mismo para mí. Pero ahora, cuando lo que se busca es un acuerdo de hombres educados, considerado con mucha seriedad y bien estructurado de acuerdo al estándar de la Escritura, por el cual las iglesias que de otra manera estarían muy separadas las unas de las otras puedan unirse; no considero correcto para mí el evadir cualquier trabajo o dificultad.”(9)

 Este no es sino uno de los más notables ejemplos de su espíritu ecuménico, pero hay muchas evidencias de que Calvino abominaba los cismas. Calvino también trabajaba con celo por la unidad de las iglesias Suizas y elaboró el Consensus Tigurinus (1549) (10) con Bullinger, con el cual evitó una división en segmentos Zwingliano y Calvinista de la Reforma Suiza.

 Pero Calvino fue más allá de eso. Buscó nada menos que la unificación de todas las iglesias evangélicas del Protestantismo. Las cartas de Calvino nos dan una rica percepción de esta celosa lucha por la unidad. Convoca a Melanchton y a Bullinger para disuadir la apasionada propaganda de Lutero en lo concerniente a la Cena del Señor, y pacientemente cargó con toda la amarga oposición que experimentó del lado de Lutero. Se regocijó como un niño al recibir un saludo de parte de Lutero y dijo, “Aún si me vilipendiase y me llamara un demonio no obstante le consideraría uno de los destacados siervos de Dios.” Calvino le escribió una carta a Lutero solicitándole una conferencia, pero Melanchton no tuvo el valor de entregarla. Después de la muerte de Lutero (1546), Calvino continuó sus esfuerzos por la unidad con Bucer y Melanchton, pero nada surgió de ello. (11) Pero hay una cosa con la que debemos tener cuidado, el confundir el celo de Calvino por la unidad de la Iglesia con el ecumenismo moderno, que no está basado en la Palabra. Sería difícil imaginarse a Calvino, como McNeill le representa, teniendo un rol destacado en el avivamiento ecuménico de nuestro día. (12) Para Calvino la unidad de la iglesia era una cuestión de obediencia a la verdad, pero él no quería una súper iglesia que estuviese doctrinalmente dividida (Inst. IV, 182). Con esta referencia a su fe personal y a su actividad eclesiástica debemos concluir nuestros comentarios sobre Calvino como teólogo de la Palabra. La prueba de su teología ha de encontrarse en su vida. Calvino era un fanático de Cristo, pero el suyo era un entusiasmo bien dirigido y concentrado en el cual era consumido por la causa de Dios. Fue su doctrina y ejemplo inmortal lo que puso coraje en el corazón de los hugonotes templando sus nervios hasta la muerte. Fue él quien inspiró a Knox en su resistencia a la tiranía y en su batalla por ganar Escocia para la Reforma. Y fue la teología y ejemplo de Calvino lo que produjo una cultura Calvinista en Holanda, Inglaterra, Escocia y aún, en alguna medida, en América, pues nuestros padres Peregrinos y puritanos estaban inspirados con un sentido de misión y vocación, los cuales habían heredado de la tradición Calvinista.

 

__________________________

Van Til, Henry, Concepto Calvinista de la Cultura. Juan Calvino: El teólogo cultural y reformador de la vida total. Traducción: Ronald Herrera Terán. 1909.

Publicado en Contra Mundum

Nota: La citas siguen de la entrada anterior Juan Calvino: El teólogo cultural y Reformador de la vida total. Introducción.

6. B. B. Warfield, Calvino y el Calvinismo (New York, 1931), p. 10. 

7. Doumergue, op. cit., p. 31, donde reproduce la opinión de Max Weber en “Die protestantische Ethik und der Geist des Kapitalismus,” Archiv für social Wissenschaft und social Politik, Vol. XX, (1904), y Vol. XXI, (1905).

8. Doumergue, Calvijn als Mensch en Hervormer, Trad. Helena C. Pos, (Ámsterdam, 1931), pp. 10-15.

9. “Cartas Originales” (1537-1558, II., p. 713), citado en Retratos de la Vida de

Juan Calvino; para Jóvenes y Adultos, James Good y W. Richards, (Filadelfia, 1909), p. 32.

10. W. Stanford Reid, “Ecumenismo de Lutero,” Westminster Theological Journal, XI, 1 (Nov. 1948).

11. H. Koffijberg, De Internationale Strekking van het Calvinisme, (Amsterdam, 1916), pp. 15-21.

12. John T. McNeill, La Historia y Carácter de Calvino, (New York, 1954), p. 234.

Etiquetado:, , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , ,

§ 2 respuestas a Calvino como teólogo de la Palabra

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

¿Qué es esto?

Actualmente estás leyendo Calvino como teólogo de la Palabra en Pasajes y Fragmentos..

Meta

A %d blogueros les gusta esto: