Juan Calvino: El teólogo cultural y Reformador de la vida total. Introducción

marzo 9, 2009 § 2 comentarios

 

Juan Calvino (1509–64) fue un Reformador de segunda generación, edificando sobre el fundamento establecido por Lutero y Zwinglio. Este hecho de ninguna manera significa que era meramente un reproductor y copista. (1) Calvino no solamente hizo una contribución original a la teología, sino también al ámbito de la cultura. De hecho, podría ser llamado el teólogo de la cultura par excellence.

A la edad de veintidós años Calvino se estableció en París como un prometedor erudito humanista. Había hecho su debut en el mundo de las letras con su comentario sobre Séneca Tratado sobre la clemencia (1532). Un año después experimentó una súbita conversión. Según el propio testimonio de Calvino ya estaba “obstinadamente demasiado dedicado a las supersticiones del papado como para ser liberado fácilmente de ese abismo de fango tan profundo.” Sin embargo, “Dios, por medio de una conversión repentina, trajo mi mente a un marco de referencia enseñable, la que estaba más endurecida en tales temas de lo que podría haberse esperado de alguien en mi temprano período de vida.”(2)

A través de esta experiencia, como Agustín antes que él, Calvino fue transformado en una nueva criatura (II Cor. 5:17). De un buscador de sí mismo se convirtió en un buscador del honor de Dios y de la edificación de la iglesia (ibid., pp. XLI-XLIX). Pronto Calvino se volvió profundamente consciente de un llamado dual, a decir, al ministerio del Evangelio y al rol de reformador. Inmediatamente después de su conversión, nos cuenta él, muchos acudieron a él por instrucción y miraron a él en busca de liderazgo. Aunque era extremadamente tímido y esquivo por naturaleza, ahora se hallaba repentinamente lanzado al centro de atención. Verdaderamente que el liderazgo fue impulsado sobre él. Esto fue parcialmente logrado por las urgentes imprecaciones de Farel, quien en 1536 retuvo a Calvino en Ginebra para la obra de la Reforma. Posteriormente, los magníficos talentos y el excelente entrenamiento de Calvino se impusieron de manera natural de manera que sus colegas le aceptaron como el primus inter pares y con mucho gusto aceptaron su liderazgo. (3)

Mientras estaba viviendo en el exilio bajo un nombre ficticio en Basilea, Calvino publicó la primera edición (1536) de la que iba a convertirse en la obra de su vida, y la más grande obra maestra teológica Protestante en un solo volumen de todos los tiempos, La Institución de la Religión Cristiana. (4) En esta su primera gran aventura literaria para la Reforma, Calvino defendió a sus compatriotas en Francia de las calumnias de Francis I. Este astuto monarca, al tratar de conciliar a los príncipes Germanos,  buscaba justificar sus persecuciones hacia los Protestantes Franceses llamándolos anarquistas. Calvino repudió esto mostrando que los ciudadanos Reformados de Francia dispuestos a sujetarse a la autoridad constituida por Dios, pero que ellos habían abjurado de su alianza con el papado. Pero Calvino produjo algo más que una apología. Su obra se convirtió en un manifiesto al mundo de la fe Protestante. Por un lado, sirvió también como una declaración doctrinal para unir a las iglesias Protestantes de Francia duramente presionadas y al continente en contra de Roma, y contra los Anabaptistas y Humanistas por el otro.

Está abundantemente atestiguado que Calvino rechazó la autoridad del papa y de la jerarquía en asuntos religiosos. Pero es igualmente claro su rechazo de la autonomía de la razón del hombre como el punto de referencia final en el conocimiento. Por tanto es un abuso de lenguaje, si no es que un error atroz, decir que Calvino permaneció siendo un Humanista toda su vida. Claro, nadie negaría que Calvino se había desarrollado en la atmósfera del saber Humanista en París y que había experimentado su fascinante influencia. El Humanismo era hijo del Renacimiento. Sustituyó la meta medieval de la visión de Dios por el ideal pagano del alma hermosa en un cuerpo hermoso, con su énfasis en la vida del hombre bajo el sol. Fue más un movimiento estético-filológico que uno filosófico. Sin embargo, el hombre era la medida de todas las cosas. La forma fue glorificada en contraste con la esencia o contenido. El Humanismo también carecía de seriedad ética. Esto se hizo evidente en su representante más grande, Erasmo de Rótterdam, que fue irrevocablemente separado de la causa de la Reforma por el tratado de Lutero sobre la esclavitud del alma. Aunque todos admitirán que Calvino usó las herramientas de su aprendizaje y entrenamiento Humanistas y que apreciaba sus técnicas, fue igual de resuelto en rechazar el espíritu del Humanismo como Lutero lo había estado antes de él. (5)

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Van Til, Henry, Concepto Calvinista de la Cultura. Juan Calvino: El teólogo cultural y reformador de la vida total. Traducción: Ronald Herrera Terán. 1909.

Publicado en Contra Mundum

1.-Doumergue, “Calvino: ¿Imitador o Creador?”, Calvino y la Reforma (New York, 1909), pp. 1-55.

2. Prefacio, Comentario sobre el Libro de los Salmos (Grand Rapids, Michigan, 1949), p. XL. 

3. Ibíd., pp. XLI, XLII, XLIII; cf. Carta a Sadoleto; Phil. Fritz Büsser, Calvins Urteil Ubre sich selbst (Zurich, 1950), p. 93s.

4. En español se citará para referencia la Institución producida por la Fundación Editorial de Literatura Reformada, Felire, 1994.

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