La profecía calviniana

marzo 4, 2009 § 1 comentario

 

calvin_pic_calvindrierYa había publicado entradas acerca de Calvino como predicador, de su predicación como un arte, como un “profeta contemporáneo” como lo han denominado Hoogstra y otros en una recopilación realizada para el festejo de los 450 años del nacimiento del reformador. Él mismo, Calvino, en sus sermones acerca de Job, ha dicho que los profetas y predicadores son órganos del Espíritu. Cottret nos dice que Calvino es un hombre que, a pesar del desgaste físico, habla bajo el impulso del Espíritu. Pero, si Calvino era profeta en el sentido de que la palabra de su predicación era de exhortación, edificación y consolación (1 Co. 14:3), ¿que significaba para él la profecía? ¿Es parecida a lo que hoy se da como profecía, en donde cada uno profetiza de su propio corazón (Jr. 23:29-32)? ¿Fue parecida a la profecía de Roma, que abandonaba la Escritura en pos de inventos humanos? Denis Crouzet nos dice que para Calvino:

“Hablar se vuelve, entonces, un escucharse a sí mismo, puesto que en él, en el corazón que se experimenta la fe, se encuentra el Espíritu que proporciona la enseñanza de Dios, se encuentra el conocimiento de Dios allí arraigado desde entonces. Por otro lado, Calvino le dirá al cardenal Jacques Sadolet que agradece a Dios el haberle iluminado con la «claridad» de su Espíritu que, para él, es instrumento de un pensamiento verdadero, al poner ante sí la Palabra, representada como una «antorcha» (…) Él mismo no es más que un repetidor, un órgano de repetición de Dios, mediante el uso de la voz o de la escritura, mediante el consejo o la defensa.

Si existe un profetismo calviniano, no se parece en nada al que, en aquel mismo momento, mueve al imaginario clerical romano. No se trata de un profetismo de la inspiración por cuya mediación se manifiesta el clero, como en estado de trance, yendo mucho más allá de su propia humanidad al dejar hablar a un Dios envidioso que anuncia el castigo inminente de los pecados humanos y decreta que solo la violencia contra los herejes es capaz de reconciliarlo con la humanidad. Por boca del profeta papista, Dios señala el porvenir, habla de un porvenir compartido entre la violencia divina y al violencia humana.

Por el contrario, el profetismo calviniano es un profetismo controlado, mediante el cual el hombre permanece como hombre, no es más que el transmisor y, por tanto, el actor de Dios, el que propone la verdad de una doctrina que, de una manera intangible y desde la Iglesia primitiva hasta el fin de los tiempos, es la doctrina de Dios. Es él quien posee la palabra de reconciliación y la presenta r representa ante el pueblo infiel o tentado por la infidelidad. Calvino es uno de  «los renovadores proféticos» de la fe (Alexandre Ganoczy), pero que procede pedagógicamente completando, interpretando, comentando, modificando, actualizando (Max Engammare). Es un enseñante. Oliver Millet ha demostrado que Calvino reinventa un modelo de profecía que, por encima de todo-y por ello utiliza la reproducción directa de advertencias, denuncias y admoniciones de los profetas-, hace uso de un estilo pastoral bíblico. La Escritura hace el discurso de Calvino, lo produce y lo construye, y Dios vivo habla así por Calvino sin que aparezca esa presencia mística de Dios de la que se enorgullecen los predicadores de la Iglesia Romana. Calvino señalará esta indisociabilidad entre su palabra y la palabra de Dios en la Institución de la Religión Cristiana, al escribir: «Cuando haya demostrado todas estas cosas mediante buenos testimonios de la Escritura, se descubrirá que no digo nada de mi cosecha» En el sentido calviniano, la profecía es, por tanto, un testigo de la verdad, es aquel que re-presenta la doctrina inmutable del Evangelio porque esa doctrina ha sido depositada en él y porque él posee una vocación especial en su inteligencia y en su dicción. (…) De ahí que Calvino jamás dé vueltas sobre lo que debe decir, nunca tergiversa, no vacila jamás, ni siquiera cuando se dirige a los detentadores de una autoridad civil o a un grande del reino. Debe hablar, comunicar la «inteligencia» dada por Dios.”

 

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Crouzet, Denis. Calvino. ARIEL. España. 2000 pp. 97-98

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