La conversión de Calvino

febrero 18, 2009 § 1 comentario

 

jean-calvinLa Reforma se vio plagada de testimonios de conversión, desde Lutero hasta Farel, cada uno de ellos narraba en alguno de sus escritos la manera en cómo Dios les había llamado a una nueva vida. Si bien el caso de Calvino, así como el de Zuinglio (de quien se especula que nunca experimentó la conversión como un acto perceptible, sólo habla de ciertas experiencias religiosas cuando cae enfermo por la peste y a la muerte de su hermano) es un caso particular, ya que no se conoce a ciencia cierta el año en que se dio (1533-1534) y la forma exacta en cómo sucedió (Calvino habla pocas veces de sí mismo y es sólo en su comentario sobre el libro de los Salmos en 1557 cuando habla de su conversión), es un caso que como estudiantes de la Reforma debemos abordar para poder comprender la situación espiritual de un personaje tan importante, que reflejó el sentimiento y la experiencia de muchos.

En el prefacio a los Comentarios sobre el Libro de los Salmos, Calvino la ha relatado como una obra de Dios, como impuesta unilateralmente por Dios. Es Dios quien le ha arrancado del «profundo lodazal» mediante una «conversión súbita» (súbita conversione), una conversión inmediata y pasiva, súbita e inesperada a un tiempo. En esa exposición histórica tardía, Calvino añade que Dios «dominó e hizo dócil mi corazón, que, debido a la edad, se encontraba demasiado endurecido en tales cosas». La conversión, fue, por tanto, en principio un acto divino casi imperceptible, una posesión llevada a cabo por Dios. De esa manera quedó determinada una renuncia de sí mismo y de la presunción de gozar de una sabiduría humana, una entrada en sí mismo para meditar la idea de que el hombre no posee ni razón ni prudencia para guiarse y que debe remitirse por entero a la «buena voluntad» de Dios. (…) la conversión fue, en efecto, la recepción y la comprensión de «cierto gusto y conocimiento de la verdadera piedad» y el sentirse apoderado, después, por un deseo íntimo, personal, de seguir por el camino del acto divino: «Me vi inflamado imparablemente por un deseo tan grande de aprovechar, que aunque no abandonase por entero todos los demás estudios, me empleé, sin embargo, con mucho mayor abandono.»

En suma, la conversión no fue más que una liberación providencial para el propio Calvino , un escape del orden de las contradicciones y las tristezas, que sobrepasó el ámbito de la apuesta por la salvación individual, como si Dios hubiera querido llamar casi de inmediato al elegido a ser un testigo entre los hombres, a hacerle comprender el sentido de una misión: «pues quedé sorprendido de que, antes de que pasara un año, todos cuantos sentían algún deseo por la nueva doctrina se alinearon conmigo para aprender, aun cuando yo mismo no había hecho casi mas que comenzar.» Calvino afirma que su carácter, «un poco retraído y vergonzoso», le incitaba a buscar la «tranquilidad» y la calma, y que había tratado de encontrar un escondite o un retiro. No obstante, allá donde iba, Dios contradecía su deseo haciendo de sus soledades clandestinas «escuelas públicas» (…) Lo que Calvino ha llegado a ser no ha sido más que la consecuencia de la obediencia a Dios que le ha instrumentalizado para su gloria: «En suma, mientras que yo tenía siempre la finalidad de vivir en privado, sin ser conocido, Dios me ha paseado y hecho girar mediante diversos cambios, que no obstante no me han dejado en reposo en lugar alguno…» Calvino ha representado este suceso (la conversión) según una cronología subdividida en tres partes algo distintas que, sin relativizar el principio del desplazamiento hacia una identidad nueva, procede de una manera diferente a la de la conversión luterana. Para Lutero, la comprensión del mal en sí mismo, de un pecado total, precede a la fe. En la reconstrucción calviniana, Dios ha hecho donación de la conciencia de su misericordia, a continuación del horror ante su vista y, finalmente, de la penitencia (…) La conversión se convierte entonces en la recepción de la justicia de Dios aboliendo el pecado, todos los pecados (…) es una vuelta del ser hacia Dios (…). La conversión restituye el orden verdadero Creador-criatura: el hombre se declara súbdito. Se destruye como lugar de pensar a Dios y se vuelve pensamiento de Dios y se vuelve pensamiento de Dios mediante la aceptación de lo que Dios demuestra ser en las Escrituras; está presente en vida, habla en el hombre que escucha, con el «corazón por delante»la Palabra de vida: «Ahora vemos cómo es necesario volver a Dios, cuando hemos estado como desterrados: a saber, que nosotros seamos discípulos para él y que él sea nuestro maestro.»

 

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CROUZET, Denis. Calvino. Ariel. España. 2001. P. 83-89

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