Un punto de Inlfexión crítico en el humanismo. Dooyeweerd
Cuando el humanismo acentuó el motivo científico natural del control, más que el motivo de la libertad, buscó el último fundamento de la certeza en el pensamiento matemático y científico natural. Los humanistas estaban convencidos de que sólo el método de pensamiento desarrollado por las matemáticas modernas y la ciencia natural enseña a los hombres a conocer la realidad como es “en sí misma”, despojada de todas las adiciones subjetivas y errores de la conciencia humana de las que somos víctimas en la experiencia ingenua de la vida cotidiana. ¡El nuevo ideal de la ciencia llegó con grandes pretensiones! Sólo él podía develar el verdadero orden y coherencia de la realidad.
Sin embargo, precisamente en este punto surgieron las primeras dudas acerca del valor de las ciencias exactas. La ubicación del fundamento de la certeza se hallaba en los conceptos exactos de la conciencia subjetiva. Pero, entre más exploraban los hombres esta conciencia subjetiva misma, más insistente se volvía la pregunta por el origen real de los conceptos matemáticos y científico naturales. ¿De dónde derivaron estos conceptos su contenido? Uno no podía negar que los niños y los pueblos primitivos no los poseían. Debían por lo tanto haberse originado en el transcurso del tiempo. Pero, ¿a partir de qué los formamos? Aquí el problema del conocimiento teórico fue inmediatamente vertido en términos sicológicos. Se supuso que la conciencia humana interna sólo tenía una ventana hacia el “mundo externo”. Esta ventana era la percepción sensorial tal y como funcionaba en el aspecto del sentimiento. Si se le da un seguimiento consistente, esta suposición implica que el origen de los conceptos matemáticos y científicos naturales sólo puede encontrarse en las impresiones sensoriales del mundo externo. Pero a partir de estas impresiones uno no podía derivar ni relaciones matemáticas exactas ni las leyes mecánicas de la causa y el efecto que constituían el fundamento de la mecánica clásica.
La percepción meramente enseñó que hay una secuencia temporal de impresiones sensoriales desde el hecho A hasta el hecho B. Nunca demostró que B siempre y necesariamente sigue a A, y no obstante esta demostración era lo que requerían las leyes de la ciencia física.
Encarados con este predicamento, se alcanzó la conclusión de que no podemos saber en qué medida las ciencias naturales nos asisten en el entendimiento de la realidad. ¿Por qué, entonces, podemos preguntar, todavía aceptamos las leyes de la causalidad? En este punto el humanismo mostró que no quería abandonar su nuevo ideal de la ciencia. Su solución fue como sigue: Si la ley de la causa y el efecto no nos hace entender la coherencia de la realidad como es en sí misma, entonces esta ley debe al menos referirse a una conexión mecánica entre nuestras impresiones sensoriales.
La bien conocida teoría de la asociación de impresiones y representaciones de David Hume fue el modelo para esta visión. El pensador escocés Hume [1711-1776] explicó la secuencia de causa y efecto enteramente en términos de asociación física, argumentando que si repetidamente observamos que el hecho B sigue al hecho A, entonces en nuestra siguiente percepción de A necesariamente conectamos A con la representación de B.
La crítica del pensamiento científico empezada por John Locke y continuada por David Hume infligió un serio golpe a las pretensiones “metafísicas” del ideal determinista de la ciencia, el que sostenía que la ciencia podía proporcionar conocimiento de la realidad tal y como es “en sí misma”, esto es, independientemente de la conciencia humana. Parecía que el motivo de la libertad, el cual había sufrido bajo la sobrextensión del motivo naturaleza, podría librarse del ideal determinista de la ciencia. Si las leyes científicas naturales no corresponden a la realidad objetiva, entonces la ciencia no puede reclamar el derecho a negar la libertad del pensamiento y la voluntad del hombre. Pero, ¿estaba preparado el hombre moderno a pagar este precio para reinstaurar su conciencia de la libertad y la autonomía? ¿Sacrificaría los fundamentos de su ideal de ciencia a este fin?
El ataque epistemológico sobre el ideal de la ciencia sólo fue un preludio a un revertimiento muy amplio y crítico dentro de la actitud humanista hacia la vida. Después de su intoxicación inicial con la ciencia, el hombre moderno empezó a reflexionar sobre la más profunda raíz religiosa y el motivo de su vida. Esta raíz más profunda no era la ciencia natural moderna, sino la religión humanista de la personalidad con su motivo de la libertad. Si el ideal determinista de la ciencia era incapaz de dar a la libertad autónoma del hombre lo que le correspondía en justicia, entonces no debía ocupar el lugar dominante en la cosmovisión humanista. Si esto es el caso, entonces es erróneo buscar la esencia del hombre en el pensamiento científico; entonces es imperativo que el motivo del control, la dinámica tras el ideal de ciencia, sea privado de su prioridad religiosa. En vez de ello, la primacía pertenece al motivo libertad.
Fue Juan Jacobo Rousseau [1712-1778] quien llamó al humanismo a su auto examen crítico. En 1750 se hizo famoso de la noche a la mañana al someter un artículo en respuesta a una competencia organizada por la universidad de Dijon. El tópico era un tema favorito de la Ilustración: ¿en qué han contribuido la ciencia moderna y la cultura a la libertad y felicidad de la humanidad? La respuesta de Rousseau fue un ataque apasionado tanto sobre la supremacía de la ciencia en la vida como sobre toda la cultura moderna racionalista. Rousseau argumentó que la ciencia había intercambiado la libertad y la igualdad por la esclavitud. También en sus escritos posteriores Rousseau permaneció como vocero del motivo libertad humanista.
Para él, la raíz de la personalidad humana no se encontraba en el pensamiento científico exacto, sino en el sentimiento de la libertad. La religión humanista de Rousseau no fue una de la razón, sino del sentimiento. Cuando sostuvo que la religión reside en el corazón más que en la mente, no consideró al corazón como la raíz religiosa de la vida, como las escrituras enseñan, sino como el asiento del sentimiento. El estado original del hombre era una condición de inocencia y felicidad; los individuos viven en libertad e igualdad. Pero la cultura racionalista llevó al hombre a la esclavitud y la miseria. Creó desigualdad y sujetó las naciones al gobierno de los reyes. Como resultado, no quedó ni traza de la personalidad humana libre y autónoma.
Sin embargo, Rousseau no creía que era posible un regreso al feliz estado de naturaleza. No deseaba abandonar la moderna idea del Estado. Más bien, buscaba concebir un cuerpo político que se conformara plenamente al motivo libertad del hombre moderno. Visualizaba un Estado en el que el individuo, después de rendir su libertad e igualdad naturales, pudiera reconquistarlos en una forma más alta.
Ciertamente, en la primera fase del humanismo, Grocio, Hobbes y otros proponentes de la ley natural intentaron justificar la absoluta soberanía del gobernante ante el foro del motivo humanista de la libertad. Su punto de partida fue también un “estado de naturaleza” caracterizado por la libertad y la igualdad. La noción de contrato social era requerida para justificar la autoridad gubernamental. Bajo tal contrato los individuos rinden voluntariamente su libertad y su igualdad naturales. En completa autonomía, se ubican bajo un gobierno. De este modo, los individuos pueden transferir su autoridad natural al gobierno, no reteniendo nada para sí mismos. Volenti non fit injuria: ninguna injusticia se hace al que la quiere. Uno no puede quejarse de injusticia si uno estuvo de acuerdo en la institución del gobierno absoluto.
John Locke [1632-1704] estuvo entre los primeros pensadores modernos insatisfechos con esta construcción iusnaturalista de un Estado absoluto. Sus puntos de partida fueron los derechos inalienables de la vida, la propiedad y la libertad, los cuales no podían ser rendidos ni siquiera en un contrato. Desde el principio, por lo tanto, Locke limitó el contenido del contrato social al fin del disfrute pacífico de los derechos humanos naturales en un Estado civil. Los individuos rendían al gobierno sólo su competencia natural para defender sus derechos en su beneficio contra la intrusión de otros. De este modo, Locke puso la base para la visión liberal clásica del Estado. De acuerdo con este enfoque liberal, el Estado es una compañía de responsabilidad limitada organizada para proteger los derechos civiles de la vida, la libertad y la propiedad.
Es así que ya en la idea clásica liberal del Estado de Locke descubrimos una reacción del motivo libertad contra el motivo naturaleza que había gobernado las concepciones anteriores de la ley natural. Rousseau, sin embargo, no estaba satisfecho con esta reacción. Como Locke, procedió a partir de los libres e inalienables derechos del hombre. Pero Rousseau fue más allá de los derechos humanos esencialmente privados legales, que constituyen el fundamento de la ley civil privada, a la garantía pública legal de la libertad y la autonomía de la personalidad humana en los inalienables derechos del ciudadano. De este modo, Rousseau es el fundador de la clásica idea humanista de democracia, la cual pronto chocó con la concepción liberal clásica del Estado.
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Dooyeweerd, Herman. La Raíces de la cultura Occidental. Traducción: Dr. Adolfo García de la Sienra. CLIE. Barcelona 1998. p. 164-167