Calvino y su influencia en Francia

abril 6, 2009 § 1 Comentario

 

CalvinartDesde 1536, año en que Lefèvre murió y en que Calvino publicó su Institución Cristiana, la Reforma francesa estaba cambiando rápidamente su carácter. Ya no era un misticismo cristiano suplementado por un cuidadoso estudio de las Escrituras; había avanzado más allá de la etapa de seguidores individuales de Lutero o Zuinglio; se había unido y presentaba una sólida falange a sus enemigos; había concordado en un manifiesto que era a la vez un completo esquema de doctrina, una forma determinada de culto y un código de moral; había encontrado un dirigente que era a la vez maestro y comandante en jefe. A la publicación de la Institución Cristiana se debía a ello. El joven de quien el Consejo de Ginebra podía hablar como de “cierto francés” (Gallus quidam) tomó pronto destacado lugar entre los dirigentes de todo el movimiento reformado y moldeó en sus plásticas manos la Reforma Francesa (…) es imposible dejar de referirse a su especial influencia en Francia. (1) Tenía un extraordinario poder sobre los compatriotas de su misma fe (2). Era francés: uno de ellos. No era un extranjero que hablara una lengua extraña; no era un enemigo de la patria, y seguirlo no podría implicar un acto antipatriótico. Es verdad que había fijado su residencia fuera de los confines de Francia; pero la distancia, que le daba libertad de acción, lo hacía más estimado. Era el apóstol que escribía “a todos los que están en Francia, amados de Dios, llamados a ser santos”

En sus tiempos de estudiante, Calvino había demostrado poseer, junto con una maravillosa memoria, un agudo y penetrante intelecto, con gran facultad de asimilar ideas y modos de pensamiento; pero carecía de lo que podría ser llamado imaginación artística (3), y ni en el arte ni la poesía parecían sonar cuerda alguna en su alma. Su conducta era siempre digna, rectilínea, irreprochable. Por educación y por crianza si no por ascendencia, fue siempre el cumplido caballero francés, y se encontraba completamente a gusto con hombres y mujeres de noble nacimiento. Su carácter era serio, con poco sentido de humor, poca vivacidad, pero con extraordinario don de simpatía. Era reservado, un tanto tímido, lento para hacer amigos íntimos, pero, una vez que los hacía, la amistad duraba toda la vida. En todas las épocas de su vida –niño, estudiante, hombre de letras, jefe de un gran partido- parece haber sido centro de atracción y de confianza. El efecto de este misterioso encanto llegó a sentirse por quienes no vivieron en tiempo de su actuación. Su profesor, Mathurin Cordier, llegó a ser su devoto discípulo, Melanchton aspiraba a morir con su cabeza en el pecho de Calvino. Lutero, no obstante su suspicacia respecto de todo lo que procediera de Suiza, se sintió ganado a amarlo y a confiar en él. Y Knox, el más rudo e independiente de los hombres, lo reconocía como maestro, lo consultaba en toda duda y dificultad, y, salvo una excepción, siempre siguió sus consejos. Calvino amaba a los niños y solía invitarlos a su casa para Navidad; pero-y esto es característicamente francés-siempre se dirigía a ellos con ceremoniosa cortesía, como si fuesen hombres y mujeres crecidos que merecían tanta consideración como él mismo. Fue este rasgo el que cautivó a Beza cuando era un niño de doce años.

Intelectualmente, Calvino era demócrata. Esto surge en casi todos sus escritos privados, y ello lo notó un observador tan sagaz como Tavannes. Nunca lo demostró más inconscientemente que en el prefacio o dedicatoria de la Institución Cristiana.

“Este prefacio, en lugar de alegar ante el Rey en nombre de la Reforma, pone al movimiento directamente ante él y se lo hace ver. Su tono firme y digno, calmo y majestuoso cuando Calvino se dirige a Francisco I, más amargo y sarcástico cuando habla de los teólogos, la pensée et la forme du style toutes vibrantes du ton biblique (el pensamiento y la forma de todos los estilos vibrantes del tono bíblico, nota del transcriptor), la misma sencillez y perfecta franqueza del discurso, dan la impresión de quien habla de igual a igual con su par. Todo sugiere al demócrata, sin huella alguna de revolucionario” (4)

La fuente de este poder- lógica impregnada de la pasión de la convicción-es tan peculiarmente francés que quizá sólo sus compatriotas pueden comprenderlo y apreciarlo brevemente, y ellos no han sido lentos en hacerlo.

Todos estos rasgos característicos les apelan. Su pasión por la igualdad, tan fuerte como la del apóstol Pablo, lo llevaba a hacer confidencias a sus seguidores, a hacerles aprehender lo que sabía hasta lo más íntimo de sus corazones. Lo impulsaba a exhibir las razones de su fe a todos los que se interesaban en conocerlas, a arreglarlas en un orden lógico que apelara a su comprensión, y su pasión de convicción aseguraba a él y a ellos que lo que enseñaba era la misma verdad de Dios. Por otra parte, era un verdadero gran escritor (5), uno de los fundadores de la moderna prosa francesa, el instrumento literario más exquisito que existe, un hombre hecho para concitar la atención de la gente. Escribió todas sus obras importantes en francés para sus compatriotas, así como en latín para el mundo ilustrado. Su lenguaje y estilo era claro, fresco, simple; sin afectada elegancia ni pedante despliegue de erudición; pleno de vigor e inspiración; ora atractivamente cáustico, ora de una elocuencia que hablaba a los corazones de sus oyentes porque refulgía de ardiente pasión y poderosa emotividad.

Es improbable que todos sus discípulos de Francia apreciaran en todos sus detalles su sistema doctrinal. La Institución Cristiana les apelaba como la más vigorosa propuesta que se había levantado contra los abusos y escándalos de la Iglesia romana, como código de deberes hacia Dios y el hombre, como ideal de vida pura y elevada, como promesa de eterna bienaventuranza para los llamados y escogidos y fieles. “Satisfacía al mismo tiempo a los intelectos que demandaban prueba lógica y a las almas que necesitaban entusiasmo.”

Se ha señalado que la teología de Calvino era menos original y efectiva que su legislación u organización. (6) Tal aseveración parece pasar por alto el peculiar servicio que la Institución prestó al movimiento reformado. La Reforma era una rebelión contra la autoridad externa de la iglesia medieval; pero toda revuelta, aun la dirigida contra los más flagrantes abusos y el gobierno más corrompido, lleva en sí semillas del mal que han de ser eliminadas si ha de hacerse algún progreso verdadero. Porque la rebelión tiende instintivamente a barrer con todas las restricciones-tanto las que son buenas y necesarias como las malas y dañosas. Los dirigentes de cualquier movimiento de reforma tienen una lucha más difícil contra los revolucionarios que los siguen que contra sus confesados adversarios. En la raíz de la Reforma del siglo XVI se encuentra una apelación del hombre a Dios -del sacerdote, que acuerda o niega absolución en el confesionario, a Dios que hace que el pecador al volverse de sus pecados y tener fe en la persona y la obra de Cristo, sabe en su corazón que es perdonado; de la decisión de papas y concilios a los decretos de Dios revelados en Su Santa Palabra. En su naturaleza, esta apelación iba de lo vivible a lo invisible, y en ello radica la dificultad: a menos que lo invisible pudiera ser hecho visible al ojo de la inteligencia aun grado tal que la autoridad restringente que la posee pueda imprimirse en la voluntad, hay riesgo de que se concluya que nos hay ninguna autoridad restringente y de que los hombres se imagines que son su propia ley.  Lo que la Institución Cristiana hizo para el siglo XVI fue hacer que el gobierno y autoridad invisible de Dios, ante quien todos deben inclinarse, fuera tan visible al ojo intelectual de la fe como el mecanismo de la iglesia medieval lo había sido para el ojo físico. Proclamó que la base de toda la fe cristiana era la Palabra de Dios revelada en las Sagradas Escrituras; enseñó la absoluta dependencia de todas las cosas del mismo Dios inmediata y directamente; declaró que la naturaleza del pecado del hombre era tal que, aparte de la acción de la libre gracia de Dios, no podía haber perdón ni enmienda ni salvación; y entretejió todos estos pensamientos en una unidad lógica que revelaba al ojo intelectual de su generación la “casa de Dios no hecha de manos, eterna en los cielos”. Los hombres que querían mirar veían que se encontraban en la inmediata presencia de la autoridad del mismo Dios, directamente responsables ante Él; que podían contrastar “la casa papal” con su divino arquetipo; que era su deber reformar todas las instituciones humanas, eclesiásticas o políticas, para ponerlas en armonía con la visión divina. Hizo saber a los hombres que separarlos de la visible iglesia medieval no era salirse de la esfera del propósito de Dios preparada para la redención de ellos, ni librarse de lo que Dios requiere de los hombres.

Inmensa fue la obra que Calvino realizó para sus correligionarios en Francia- Mantuvo una constante correspondencia con ellos, sostuvo su valor; dio a su fe una sublime exaltación. Cuando sabía de algún romanista francés que empezaba a vacilar en su fe, le escribía combinando persuasión con instrucción. Abogó la causa de la Reforma ante sus sostenedores nominales. Alentó a los débiles. Escribió a los perseguidos. Preparó breves tratados teológicos para ayudar a los que sostenían controversias respecto de su fe. Asesoraba sobre la organización de congregaciones. Alababa a los pastores enérgicos. Advertía a los ministros negligentes.

“No debemos pensar”, dice, “que nuestra obra está confirmada dentro de tan estrechos límites que nuestra tarea finaliza cuando hemos predicado sermones…Es de nuestra incumbencia mantener una vigilante supervisión de quienes están confinados a nuestro cuidado, y esforzarnos a lo máximo para preservar del mal a aquellos cuya sangre caerá sobre nosotros si se pierden por causa de nuestra negligencia” (7)

Contestaba pregunta tras pregunta sobre la dificultad de reconciliar las demandas de la vida cristiana con lo que reclamaba el mundo de los protestantes que vivían en él –asunto que presionaba fuertemente  en las conciencias de hombres y mujeres que pertenecían a una minoría religiosa dentro de un gran reino católico romano. No era casuista. Escribió a Madame de Candy, hermana de la duquesa de Etampes, que “nadie, grande o pequeño, debería creerse exento de sufrir por causa de nuestro Rey soberano”. Era escuchado con reverencia; porque no era consejero que sugiriera a otros lo que él mismo no estaba preparado a hacer. Podía decir: “Sed seguidores de mí como yo lo soy del Señor Jesucristo”. Franceses y francesas sabían que el maestro a quien obedecían, el director que consultaban y a quien susurraban los secretos de sus almas, vivía la más severa y ascética vida en toda Europa –como que su comer y beber eran parcos como breve su dormir-, de tal modo que su frágil cuerpo se mantenía vivo por virtud de la energía de su indomable espíritu.

Franceses de diferentes escuelas de pensamiento no han sido lentos en reconocer el secreto del poder de su gran compatriota. Dice Jules Michelet:

Entre los mártires, con quienes espiritualmente no cesaba Calvino de conversar, llegó a ser otro mártir, vivía y sentía como un hombre ante quien toda la tierra desapareciese, y que entona su último salmo fijo su ojo en la mirada de Dios, porque sabe que a la mañana siguiente podría ascender a la pira”

No menos enfático es Ernesto Renan:

Es sorprendente que un hombre que tan antipático se nos aparece en su vida y sus escritos, hubiera sido el centro de un inmenso movimiento en su generación, y que su áspero y severo tono hubiese ejercido tan grande influencia en las mentes de sus contemporáneos. ¿Cómo fue, por ejemplo, que una de las mujeres más distinguidas de su época, Renata de Francia, en su corte de Ferrara, rodeada por la flor de los ingenios europeos, quedara cautivada por ese austero maestro, y por él impulsada a seguir una carrera que tantos sinsabores le ha de haber causado? Este tipo de austera seducción es solo ejercido por quienes trabajan con real convicción. Falto de ese vívido, profundo, atrayente ardor que fue uno de los secretos del éxito de Lutero, carente del encanto, y de la peligrosa y lánguida ternura de Francisco de Sales, Calvino triunfó, en una edad y en un país que clamaban por una reacción hacia el cristianismo, tan sólo porque fue el hombre más cristiano de su generación

Y así, para todos los que en Francia sentían la necesidad de comunión íntima con Dios, para todos aquellos que sentían la necesidad de una religión que fuera tan inflexible en cuestiones de vida moral y que apelara a sus facultades razonadoras, saludaron a la Institución Cristiana como el más claro manifiesto de su fe, y se agruparon en torno de su joven autor (Calvino tenía apenas veintiséis años cuando la escribió) reconociéndolo como jefe. También aquellos que sufrían bajo la presión de un gobierno despótico y sentían los males de una sociedad constituida para mantener los privilegios de la aristocracia, aprendieron que en un país vecino había una ciudad que se había puesto bajo el imperio de la Palabra de Dios; donde todos se unían en un culto atractivo por su severa sencillez; donde la moral, pública y privada, era pura; donde los creyentes elegían a sus pastores y el pueblo a sus gobernantes; donde no había amos ni súbditos; donde los ministros de la religión vivan las vidas de simples laicos y solo se distinguían de ellos por el ejercicio de su sagrado ministerio. Acariciaban el sueño de que toda Francia fuera modelada según el molde de Ginebra.

Muchos franceses que estaban insatisfechos con el estado de cosas de Francia; pero que no habían adoptado la decisión personal de dejar la iglesia medieval, no podían dejar de contrastar lo que veían a su alrededor con la vida y la aspiración de los “de la religión” (8) como empezaban a ser llamados los protestantes franceses. Se vieron confrontados con una religión llena de misterios inaccesibles a la razón, que se expresaba en el culto público en un lenguaje inteligible para la mayoría de los adoradores, llena de pompa, de lujo, de ceremonias cuyo significado simbólico se había olvidado. Veían un clero vulgar e ignorante, o aristocrático e indiferente; una nobleza codiciosa e inquieta; una corte cuyos lujos y cuyos escándalos eran notorios; amantes de reyes y maridos y esposas infieles. Casi no hay lugar donde no encontremos una creciente tendencia a contrastar la pureza del protestantismo con la corrupción del catolicismo romano. Y vemos un efecto de ello en la famosa escena del Parlamento de Paris (1559) cuando Antoine du Bourg, hijo de un ex canciller, abogó por la total suspensión de la persecución contra “los llamados herejes” y apoyó su opinión haciendo una comparación entre las blasfemias y escándalos de la corte con la moralidad y pureza de las vidas de quienes eran enviados a la hoguera –discurso que más tarde le costó la vida.(9)

Fue este creciente protestantismo unido el que Enrique II y sus consejeros se habían propuesto aplastar mediante la acción de la autoridad legislativa.

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LINDSAY, Tomas. La Reforma y su Desarrollo Social. CLIE. p.13-136

1.-Lo que sigue sobre la influencia de Calvino en la Reforma en Francia ha sido tomado en gran parte de M, Henri Lemonnier, Histoire de France, (Paris 1903-04), vol. I, pp. 381-83; II, 183-87; sólo un francés puede describir a Calvino y su influencia con tanta simpatía.

2.-El embajador veneciano en la corte de Francia, escribiendo en 1561 al dux, dice: 2Dificilmente podrá creer Vuestra Serenísima en la influencia y el gran poder que el principal ministro de Ginebra, llamado Calvino, francés  y natural de Picardía, posee en este reino. Es un hombre de extraordinaria autoridad, quien, por su manera de vivir, sus doctrinas y sus escritos, se levanta sobre todos los demás” (Calendar of State Papers, Venecia, 1558-80, p.323)

3.-Calvino no carecía de imaginación. La imaginación santificada jamás llegó a vuelo más elevado que en el pensamiento del Propósito de Dios moviéndose a través de las edades, trabajando por la redención y por el establecimiento del Reino, que es la idea dominante en la Institución Cristiana.

4. Henri Lemmonier, ob. Cit., (Paris, 1903), vol. I, 383

5.- “Calvin fut un très grand écrivain. Je dirais même que cet fut le plus grand écrivain du 16e siècle si j’estimais plus que je ne fais le style proprement dit…Encore est-il qu’il me faut bien reconnaître que le style de Calvin est de tous les styles du 16e siècle celui qui a le plus de style…Reste qu’il parle l’admirable prose, si claire, si limpide et facile, du 15e siècle, avec ce quelque chose  de plus ferme, de plus nourri et de plus viril que l’étude des classiques donne à ceux qui ne poussent pas jusqu’ à l’imitation servile et à l’admirature de menus jolis détails. Reste qu’il parle la langue du 15e siècle avec quelque qualité déjà du 17e. C’est précisément ce qu’il a fait, et il un des bons, sinon des sublimes, fondateurs de la prose française” (Emile Faguet, Seizième Siècle: Etudes Littéraires, pp. 188-89, Paris, 1898)

6.-Historia del Mundo en la Edad Moderna, IV, 58.

7.- Le Cathéchisme français, p.132. Opera, V. 319.

8.- El término con prescindencia de los calificativos, fue adoptado de los edictos: “ladite religión prétendue réformée”

9.- Henri Lemonier, ob.cit. (Paris, 1903), vol II, 187.

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