Calvino y el humanismo

febrero 3, 2009 § 1 comentario

 

cMuchas veces se ha identificado a Calvino como un humanista francés. Pero ¿realmente Calvino se adhería a tal filosofía? Si no es así ¿Por qué entonces se le considera un humanista? Bernard Cottret nos dice que se considera a Calvino un humanista debido al contexto en el que vivió: la recuperación de los pensadores y las letras clásicas; el auge de la filosofía, en fin, el renacimiento. Pero la concepción del hombre de Calvino era diferente y aún opuesta al pensamiento de Erasmo o los llamados humanistas evangélicos.

“Al contrario que la de Pico de Mirandola o que la de Erasmo, la antropología calviniana niega que, por su propia voluntad, el hombre pueda ser fuente de bien, subraya que él no es dueño de sí mismo o, cuando menos, que sólo está dominado por la voluntad de Dios. Además, redefiniéndolo de manera significativa en relación con Erasmo, Calvino utilizará el motivo paulino y humanista del «scientia inflat» (1 Corintios 8:1), de la ciencia que hincha a los hombres y los hace criaturas de vanidad; y aquí, en el marco del sermón ciento tres del libro de Job, será quizás, precisamente, el universo humanista de los erasmianos el que atacará y tomará como blanco. Para él, se tratará de denunciar a los hombres que nunca tienen suficiente en la búsqueda del saber, que nunca tienen bastante en «alimentarse de viento», que «se atormentan y trabajan mucho por saber de esto y de aquello, y no saben por qué, no tienen ninguna firmeza».

El espíritu humano es como un espíritu en torsión y en contorsión, una conciencia perpetuamente insatisfecha a causa de un funcionamiento intelectual que descansa en una remodelación constante del yo y de las cosas, hasta llegar a una mezcolanza de lo sagrado y lo profano. Éste será el recuerdo que, virtualmente, conservará Calvino del tiempo de la seducción humanista: la impiedad de un pensamiento de la mezcolanza en el que habría buscado, temporalmente, solución a su duda. En el sermón cincuenta y cuatro sobre la primera epístola a Timoteo, la vanidad de la ciencia quedará definida como uno de los objetivos que el fiel debe combatir con toda su fuerza. Calvino se alzará contra el «parloteo orgulloso» de quienes especulan artificialmente. El diablo hace uso de bellas presentaciones, como pueden ser las de la retórica o las de la filosofía, pero que atraen a quienes se preparan a abandonar la verdad de Dios. Las «bellas observaciones» de los filósofos no valen nada, no permiten «sacar provecho» y, precisamente, sólo dan como resultado colocar al hombre ante una «enorme perplejidad». Pertenecen a la esfera de lo profano y no aportan más que una pérdida de tiempo, incluso aunque, para quien las lee, su «destreza» posea una capacidad inmediata e ilusoria de seducción: «En resumen, vemos que no es la virtud de Dios la que allí funciona». La «gran ciencia» es la muerte del alma, la falsedad, la locura, la aventura. El «loco apetito» por las preguntas, en las que los hombres no encuentran más que tormento, es un mal, una falsa sabiduría. El sueño calviniano consistirá en dar por finalizado el momento de la hermenéutica humanista, pues es un veneno que, según el reformador, callejea y alimenta la «maldita codicia» humana (…) Los escritos calvinianos no tendrán piedad con los humanistas evangélicos que, por codicia o por ambición, rechazarán hipócritamente la ruptura con Roma, y denunciaran su pretensión de haber tenido acceso al conocimiento del Evangelio. Para Calvino ese conocimiento no puede ser un bien, puesto que no ha desembocado en la penitencia, puesto que les ha entregado «mucho peor» en la fatuidad. Les he hecho caer en vicios que les han obligado a profanar «esa retribución santa y sagrada de la vida eterna» que es la Escritura. Los humanistas han «abusado» de la doctrina de la salvación convirtiéndola en «qué sé yo qué clase de filosofía profana». Seducidos en demasía por los modelos antiguos, utilizando «pequeñas pullas», serán a ojos de Calvino unos enemigos ante los que no hay que vacilar.”

 

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CROUZET, Denis. Calvino. Ariel. España. 2001. P. 59-60

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