Recuperando la Reforma

“sin avaricia, contentos con lo que tenéis ahora”

Las impresiones pasajeras en el hombre natural. Robert Murray M’Cheyne

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McCheyneY la impresión que los mensajes produjeron fue bien ligera; la nube de la congoja empezaba a formarse so­bre su cabeza, la escarcha de la pesadumbre parecía afectar sus rostros, pero pronto se desvanecía. Lo mismo está ocu­rriendo con las personas no convertidas de esta congregación, las cuales finalmente perecerán. Dios ha enviado a sus co­razones mensajes que las despertasen, las ha lacerado por medio de sus profetas y las ha muerto con las palabras de su boca. También les ha hecho llevar mensajes de aliento y de esperanza; los juicios de la palabra de Dios han sido tan claros y significativos cómo la misma “luz que sale”. Enton­ces los no convertidos piensan, consideran en todo ello y son impresionados por breves momentos, pero pronto toda im­presión se desvanece.


El testimonio de las Escrituras:

Primero: la mujer de Lot. Ella fue bastante despertada. Los rostros ansiosos de los dos varones angélicos y sus terribles palabras y manos misericordiosas hicieron una profunda impresión en ella. La ansiedad de su marido, también, y sus exhortaciones a sus yernos penetraron en su corazón. Así huyó con pasos veloces, pero cuando brilló la mañana del nuevo día, sus inquietos pensamientos empezaron a destruir y borrar aquellas impresiones. Miró atrás y se convirtió en una estatua de sal.

Segundo: Israel en el mar Rojo. Cuando el pueblo fue conducido a salvo a través de lo profundo de la mar en seco y vio a sus enemigos engullidos tras sí, elevó un cántico de alabanza a Dios. Los corazones de los israelitas quedaron muy impresionados por tan magnífica liberación. Su cántico era: “El Señor es mi fortaleza y mi canción y me ha sido por salud”. Cantaron su alabanza, pero pronto echaron en olvido sus obras. Tres días después murmuraron contra Dios en Mara por causa de haber hallado aguas amargas.

Tercero: en una ocasión un joven acudió a Jesús corriendo, y postrándose le dijo: “Maestro bueno, ¿qué haré para poseer la vida eterna?” Un rayo de convicción de su necesidad iluminó su conciencia y hénoslo ahora aquí, arrodillado a los pies de Cristo, pero, por lo que sabemos, nunca más volvió a arrodillarse ante Él. “Fuese entristecido”. Lo bueno que había en él, sus buenos deseos e intenciones, eran como una nube matutina que a los primeros rayos solares desaparece.

Cuarto: Pablo estuvo una vez predicando a Félix, el gobernador romano, y como Pablo disertase “de la justicia y de la continencia y del juicio venidero”, Félix se espantó. La predicación del evangelio sacudió al orgulloso gobernador haciéndole tambalear en su trono, pero ¿salvó su alma? ¡Ah, no! “Ahora vete  dijo, mas teniendo ocasión te llamaré”. Aquella impresión, fruto de las serias amonestaciones de Pablo, fruto de aquel mensaje, era solamente come nube de estío.

Quinto: en otra ocasión posterior a la citada, Pablo predicó delante del rey Agripa y su hermosa mujer Berenice, con todos sus capitanes y principales hombres de la ciudad. La palabra de Pablo turbó el corazón del rey, las lágrimas casi asomaron a sus ojos reales y por un momento pensó abandonarlo todo por Cristo. “Por poco me persuades a ser cristiano”, exclamó. Pero, ¡ah, que su buen intento era como una ligera nubecilla y como el fino rocío matinal! En todas estas ocasiones las nubes empezaron a formarse, por unos momentos el rocío humedeció sus ojos, pero pronto se enjuagó y quedaron secos como antes.

 

Los pasos que dan estas impresiones tan poco duraderas

Cuando el hombre natural es guiado a tomar interés en todo lo concerniente a su alma, empieza a hacer un uso muy diligente de los medios de la gracia.

Primeramente ora. Cuando el temor del infierno pesa sobre su conciencia, empieza a tener cierta vida de oración y a menudo experimenta tiernas y dulces sensaciones en la oración. En tanto permanecen estas impresiones, se mantiene constante en sus obligaciones. Pero ¿invocará siempre el nombre del Señor? Cuando cesa este interés, su oración cesa gradualmente también. No de golpe, pero sí por grados, abandona su vida de oración secreta. Algunas veces ha tenido una compañía que le ha molestado y le ha estorbado para orar, otras veces se ha dormido y así poco a poco ha abandonado totalmente la oración.  

En segundo lugar oye la Palabra de Dios.   Cuando un hombre es despertado, acude a escuchar la predicación de la Palabra de Dios. Sabe que Dios bendice especialmente por medio de la predicación de la palabra, porque a Él la place salvar a los creyentes por la locura de la predicación. Y se convierte en un asiduo oyente; se mantiene pendiente escuchando las palabras del ministro; su atención es vivísima al escuchar la palabra. Si tiene lugar algún culto especial entre semana, acude presuroso, aun a costa de tener que darle cabida en medio de dificultades propias de sus ocupaciones. Pero cuando su interés empieza a decaer, nota que los servicios entre semana le molestan, después ya le estorban también los cultos del domingo; entonces quizá busca otro ministro menos ferviente, en cuyos cultos él pueda echar en olvido la muerte y el juicio. ¡Ah, éste ha sido el camino que muchos han seguido de los miles que han pasado por aquí!

En tercer lugar, oyendo el consejo de sus pastores.  Cuando las almas sienten la inquietud del remordimiento, a menudo buscan el consejo de los ministros de Cristo. “Andando y llorando buscarán a Jehová, su Dios. Preguntarán por el camino de Sión” (Jeremías, 50:4 5). Acuden a los llamados atalayas, y les dicen: “¿Habéis visto a aquel a quien ama mi alma?” Ésta es una de las obligaciones del pastor, porque “los labios de los sacerdotes han de guardar la sabiduría, y de su boca buscarán la ley; porque mensajero es de Jehová de los ejércitos” (Malaquías, 2:7). Pero cuando el interés se pasa no tarda en desaparecer totalmente esta actitud. Muchos hay que vinieron un tiempo, los cuales nunca más volverán.

En último lugar, evitando el pecado.   Cuando un hombre siente la convicción de su pecado, trata de evitarlo siempre, huye de él con todo su poder. Entonces reforma su vida, su alma es limpiada, barrida, adornada. Pero cuando su interés declina, sus pasiones reviven y vuelve, cual puerco lavado, a su vómito, y como la puerca que ha sido lavada se revuelca nuevamente en el cieno. Si hubiese alguna cosa capaz de salvar en las impresiones que se producen en el hombre natural, él se tornaría más santo, pero, por el contrario, se vuelve aún peor. Siete demonios entraron en aquel hombre, cuyo final fue mucho peor que el principio.

 

Por qué desaparecen las impresiones en el hombre natural

1. Ellos nunca se han visto abocados a sentirse verdaderamente perdidos.   Las heridas del hombre natural son generalmente muy superficiales. Hay ocasiones en que vislumbran un ligero resplandor de terror que los alarma. A menudo sienten algún gran pecado cometido como lo que les hace abrigar ciertos temores. En otras ocasiones es solamente un sentimiento de solidaridad con otros, que huyen de la ira, lo que les lleva a escapar a ellos también, pero sólo por simpatía o por una sensación ligera de compañerismo. A menudo dicen: “Yo soy un gran pecador; me temo que no hay misericordia para mí”. Pero no experimentan su propia incapacidad, su boca no se cerrará, ni cubrirán sus labios como el leproso. Piensan que con un poco de oración, o de pena, o arrepentimiento, o enmienda, tendrán suficiente. “Solamente se requiere  piensan  que cambie de conducta”. No llegan a comprender que todo cuanto hagan no es nada, que no tiene valor alguno para justificarles. Si comprendiesen su situación terriblemente desesperada y la absoluta necesidad de que otro les aplique sus méritos y justicia, nunca más hallarían reposo en el mundo, no volverían a él, habrían de buscar desesperadamente su salvación verdadera y no descansarían hasta que hallasen el verdadero descanso que da Cristo.

2. Ellos nunca han visto la belleza y atractivo que tiene Cristo.   Un rayo de terror puede llevar a un hombre a caer sobre sus rodillas, pero no le llevará a Cristo. ¡Ah, no! ha de ser el amor lo que impulse a las almas a Cristo. El hombre natural, aun en una condición de interés no encuentra belleza ni atractivo en Cristo. No se siente movido a contemplar al que traspasó con sus transgresiones y llorar sobre ÉL.  Cuando el hombre obtiene una visión de la suprema excelencia y dulzura de Cristo, cuando descubre el abundante perdón, paz y santidad que Él ofrece, nunca vuelve atrás. Podrá hallarse en penas y tinieblas, pero abandonará la ciudad de destrucción en que se halla para buscar a aquel a quien su alma ama. El corazón que ha tenido una visión de Cristo queda constreñido por su amor, nunca más hallará descanso, ni llenará su vacío con otra cosa que no sea ÉL.

3. EL hombre natural nunca ha tenido un corazón que odie el pecado.  Las impresiones del hombre natural son generalmente producidas por el terror. Comprende el peligro del pecado, pero no su inmundicia. Se da cuenta de que Dios es justo y verdadero, que la ley debe ser satisfecha; vislumbra también la ira de Dios que ha de venir. Ve que hay un infierno por causa de sus pecados, pero no ve que sus pecados, ellos mismos, son el infierno. Y por esto sigue, sin embargo, amando el pecado; no ha cambiado de naturaleza. El Espíritu de Dios no habita en ellos y por esto las impresiones de la Palabra de Dios son tan endebles, son como palabras escritas sobre la arena, que pronto la leve brisa borra. Quienes son conducidos a Cristo son llevados a comprender también lo vil e infame del pecado. No son impulsados a exclamar: “He aquí, soy imperfecto e injusto”, sino:”Ay de mí, que soy un vil y miserable”. Tan pronto como el pecado aparece tan repugnante en su seno, acuden, escapan prestamente a refugiarse en la cruz de Cristo.

4. EL hombre natural no cuenta con ninguna promesa de que sus impresiones le sean perdurables.   Quienes están en Cristo tienen dulces promesas. “Pondré mi temor en el corazón de ellos” (Jeremías 32:40). “Estando confiado en esto, que el que comenzó en vosotros la buena obra la perfeccionará hasta el día de Jesucristo” (Filipenses 1:6). Pero el hombre natural no tiene interés en estas promesas y así, en el tiempo de la tentación, sus ansiedades e inquietudes fácilmente se esfuman y desaparecen.   

 

 

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Extracto del sermón “The impressions of natural men are fading” (Las Impresiones del hombre natural son pasajeras). Basado en  Oseas 6:4, por Robert Murray McCheyne

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